Tu me ves de acero, inconmovible
pero no es cierto lo que ves
no miras bien.
Si cuando me tocas
apenas tus dedos mi piel acarician
ese acero que tu crees acero
se derrite y se escurre por mi alma
y el corazón se me abre como flor
desesperada por luz.
Si cuando me besas vuelo tan alto
que vuelo en la ternura de tus labios.
No podría de acero... no lo hay.
Y que decir cuando me rodean tus brazos
ese cuerpo tuyo que al mío se pega
llenándome de latidos de amor.
Siento, siento tanto en ese momento
pero soy frágil.
No hay acero, nada en mí.
Mira el aire que se mueve
son brincos de alegría cada vez que llegas
que te encuentro, que me vuelvo a enamorar
infinitas veces en silencio.
Ese acero que tu dices, es debilidad, temor
porque no resisto un centímetro distanciado
no resisto sin tus manos entre las mías
sin besarte, sin acariciarte.
El piso ante tus pasos se convierte
en baldozones de amor que temo pisar
y mi rostro, mi rostro seguramente
refleja ese brillo como espejo,
si tu quieres, acerado, pero es eso
sólo eso
un reflejo más.