Hombre solo
Sin conocer el fondo de la mano, acerco su nariz a la llana piel y tomo de allí su aroma prohibido. Tenia aroma a mujer, fuerte en su esencia pero suave cuando se hacia conocida. Un poco de aire y se dejó llevar por esos lugares que tantos nos gusta a los hombres y no entendemos bien por que.
Al fin el amor, la desesperación constante de saber la profundidades de la dermis, de escuchar el consejo de las emociones. De vivir sabiendo como será, ¿esta bien el amor? ¿Quien nos enseño el amor?, ¿donde vive el amor?
Pasaron horas como unos campos, yacían los cuerpos en una rara derrota.
El silencio embravecido era único testigo de aquella noche tan llena de pecado y de tanta esencia humana.
El recorrió su brazo y sintió la sed que el calor provocaba a lo largo del plano vientre.
Ella froto su pecho tratando de sentir el corazón profundo.
Casi inocentemente pregunto:
-¿me amas?
El respiro hondo, y a conciencia hizo un espacio para resaltar su respuesta:
-no.
Las cosas ya no tenían sentido desde aquel día, las horas como las calles andadas todas ellas, el trabajo predecible y la certeza que se terminaba la línea de la aventura, en aquella última esperanza, era ella y la tormenta. Bajó la mano y se desprendió de los últimos recuerdos que le quedaban.
A que fría piedra llegamos con la verdad, nadie quiere la verdad,
cuando sale no sabemos que hacer con ella.
Ella tomo sus cosas y sin decir voces comenzó a marcharse.
El sin darse vuelta abrazo su soledad.
Sin conocer el fondo de la mano, acerco su nariz a la llana piel y tomo de allí su aroma prohibido. Tenia aroma a mujer, fuerte en su esencia pero suave cuando se hacia conocida. Un poco de aire y se dejó llevar por esos lugares que tantos nos gusta a los hombres y no entendemos bien por que.
Al fin el amor, la desesperación constante de saber la profundidades de la dermis, de escuchar el consejo de las emociones. De vivir sabiendo como será, ¿esta bien el amor? ¿Quien nos enseño el amor?, ¿donde vive el amor?
Pasaron horas como unos campos, yacían los cuerpos en una rara derrota.
El silencio embravecido era único testigo de aquella noche tan llena de pecado y de tanta esencia humana.
El recorrió su brazo y sintió la sed que el calor provocaba a lo largo del plano vientre.
Ella froto su pecho tratando de sentir el corazón profundo.
Casi inocentemente pregunto:
-¿me amas?
El respiro hondo, y a conciencia hizo un espacio para resaltar su respuesta:
-no.
Las cosas ya no tenían sentido desde aquel día, las horas como las calles andadas todas ellas, el trabajo predecible y la certeza que se terminaba la línea de la aventura, en aquella última esperanza, era ella y la tormenta. Bajó la mano y se desprendió de los últimos recuerdos que le quedaban.
A que fría piedra llegamos con la verdad, nadie quiere la verdad,
cuando sale no sabemos que hacer con ella.
Ella tomo sus cosas y sin decir voces comenzó a marcharse.
El sin darse vuelta abrazo su soledad.