Horas amarillas

tyngui

Poeta que considera el portal su segunda casa
Las caras se dejan caer indómitas, estrepitadas, sigilosas.

La noche inconsciente me toma para sí, como si fuera uno de sus trozos de nada.

Sigo revestido por los vientos inesperados.

Me reservo la expurgación si es que vivo dentro de un subgénero de comedias extrañas.

Diletantes los sueños vuelan divulgativos, serializándolo todo a su paso.

¿Será esta la hora de medrar? y resistirse a la objetividad de las imágenes inherentes.

Cada segundo transcurrido es de pura cosmovisión.


La figura conviviente coordinará la inexactitud presagiando un impasse dilatador, que lo escenificará de una vez en un solo segundo de horror.

Y mi energía supurante caerá hirviente casi utopista, en estado potencial, pregonando un accionar hipotético y desgargante, osado por esa furia invisible, necesaria en ocasiones.

En esos momentos donde no soy solo yo.

Sería absurdo querer domar la espuma rábica, supurando malquerencia en mí espacio incarnal.

Necesito animalizarme para escapar de mi buen semblante y gozar de esta victoria oculta.

Será hora de saldar mis horas amarillas.

Y podré reír de su ironía. Será mi turno, aunque esté lejos, estaré conectado con su brío y su denegación.
 

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