Tomasa
Poeta recién llegado
Es un domingo por la mañana y aprovecho
para salir huyendo hasta de mi sombra.
Y ahí está, sacándose una china de la chancleta,
resplandeciendo como un sueño
con el gesto más prosaico,
viniendo de alguna parte
y yendo en dirección a otra,
como quien recorre un itinerario
que el tiempo nunca holló.
No me atrevo a aventurar su edad
por aquello del estigma
-uno debe ir con pies de plomo por la vida
para no tropezar con la piedra del estupro-,
pero me ha deslumbrado
un fogonazo de eternidad en su figura:
su carne es antigua como el cosmos,
pero recién creada:
el pan recién horneado por Dios.
Hablando en plata: un pibón
de los que quitan el hipo.
Su belleza es tan definitiva, tan inapelable,
que hablar de cromosomas y genes
me parece grotesco,
un atentado contra la magia
y el sentido de la estética y,
sin embargo,
ahí está la mano de la biología,
su firma, su diseño, su programa,
la carnaza para que nuestra voluntad
de permanencia en este trance
nos empuje a colear como peces
fuera del agua otro minuto,
un minuto más en este absurdo barro.
Trato de recomponerme,
de explicarme a mí mismo
cómo aquella muchacha ha podido
cortocircuitarme la conciencia
de manera tan rotunda.
Quizás mi fijación sea un intento desesperado
por aferrarme a la vida como el náufrago a su tabla;
como quien, en su travesía por el desierto,
alucina con un imponente espejismo
antes de agonizar sobre la arena;
ahora que la testosterona anda de capa caída
y todo es un chiste malo demasiadas veces repetido,
su imagen es el lugar imposible
donde mi deseo quiere acurrucarse
como un gato encima de una estufa.
Mi sombra se olvidó de que existo
mientras la contemplaba.
para salir huyendo hasta de mi sombra.
Y ahí está, sacándose una china de la chancleta,
resplandeciendo como un sueño
con el gesto más prosaico,
viniendo de alguna parte
y yendo en dirección a otra,
como quien recorre un itinerario
que el tiempo nunca holló.
No me atrevo a aventurar su edad
por aquello del estigma
-uno debe ir con pies de plomo por la vida
para no tropezar con la piedra del estupro-,
pero me ha deslumbrado
un fogonazo de eternidad en su figura:
su carne es antigua como el cosmos,
pero recién creada:
el pan recién horneado por Dios.
Hablando en plata: un pibón
de los que quitan el hipo.
Su belleza es tan definitiva, tan inapelable,
que hablar de cromosomas y genes
me parece grotesco,
un atentado contra la magia
y el sentido de la estética y,
sin embargo,
ahí está la mano de la biología,
su firma, su diseño, su programa,
la carnaza para que nuestra voluntad
de permanencia en este trance
nos empuje a colear como peces
fuera del agua otro minuto,
un minuto más en este absurdo barro.
Trato de recomponerme,
de explicarme a mí mismo
cómo aquella muchacha ha podido
cortocircuitarme la conciencia
de manera tan rotunda.
Quizás mi fijación sea un intento desesperado
por aferrarme a la vida como el náufrago a su tabla;
como quien, en su travesía por el desierto,
alucina con un imponente espejismo
antes de agonizar sobre la arena;
ahora que la testosterona anda de capa caída
y todo es un chiste malo demasiadas veces repetido,
su imagen es el lugar imposible
donde mi deseo quiere acurrucarse
como un gato encima de una estufa.
Mi sombra se olvidó de que existo
mientras la contemplaba.