F. Noctívago
Poeta recién llegado
Cuando me toca tu voz, la luz se extiende;
un cielo se postra en nuestro lecho,
en tu boca respira la alborada,
y las sombras se ahogan en tu aliento.
Me protege tu horizonte, que no guarda
memoria de la herida ni de su estela fría,
y deja huellas indelebles,
como pasión que se desborda
en el claroscuro de Artemisia.
Cuando me toca tu voz, su virtud me eleva,
derramando mi fe deshielada
sobre el tiempo que camina lento;
su serenidad envuelve y me guía,
y me abraza a tu horizonte creciente;
en tu boca mi vida se desgrana,
en tu piel el instante me sostiene,
como savia que recorre raíces profundas,
y guarda el misterio de la mandrágora.