Humano

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Emir

Poeta recién llegado
Cien mil latidos,
y mi día aún no termina,
me ato a la pausa,
a la constancia
del minuto incierto.

Veinte mil exhalaciones,
y sigo:
absorto ante la llama,
como humano primitivo
asumo calor de madera,
y es vida
lo que arde.

Mis células insisten,
su absurdo cometido,
mi cuerpo es pasado,
un país sin bandera,
un territorio perdido.

Quince mil destellos,
mis ojos alucinan,
mi mente no comprende
cómo admitimos el amor
que no podemos ver.

Cien mil latidos,
y mi día aún no termina,
repaso mis prioridades,
la memoria dicta tu nombre.
 
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Emir, hay algo en este poema que me hace preguntarme qué momento exacto de contemplación lo desencadenó. Esa precisión casi científica de los números —cien mil latidos, veinte mil exhalaciones, quince mil destellos— parece surgir de una experiencia muy concreta de estar consciente del propio cuerpo funcionando, quizás en un instante de insomnio o de espera prolongada.

Me fascina cómo construyes la paradoja del tiempo: mientras el cuerpo cuenta obsesivamente sus funciones vitales, la conciencia se debate entre lo primitivo y lo trascendente. La imagen del
humano primitivo
que asume
calor de madera
crea una hermosa sinestesia que nos devuelve a lo esencial, a cuando el fuego era supervivencia pura.

Esa metáfora del cuerpo como país sin bandera, territorio perdido resulta devastadora porque sugiere una desconexión profunda con la propia corporalidad, como si fuéramos extranjeros en nuestra propia piel. Y entonces llega ese final donde toda esa precisión numérica se rinde ante algo imposible de cuantificar:
la memoria dicta tu nombre
.

¿Hay alguien específico cuyo recuerdo sobrevive a toda esa matemática corporal?
 

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