II- El tulipán y la rosa

Brise

Poeta que considera el portal su segunda casa

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Dedicado a mi sobrina…

Hubo una vez un bello reino, reconocido por sus paisajes y lujosos castillos. En el lado Este vivía la familia de Los Tulipanes, y en el Oeste la familia de Las Rosas. Tenían largos y esplendorosos jardines que perfumaban el ambiente. El príncipe de Los Tulipanes llamado Edward, estaba enamorado de la princesa de Las Rosas, Liena; una atractiva y elegante joven, admirada por todos en la región. A ella le fascinaba trabajar en sus rosales. Una mañana, Edward la visitó y sin pedirle permiso, arrancó una rosa; desde ese instante, ella comenzó a tenerle rencor. Él diariamente, le regalaba un tulipán, pero ella se molestaba y lo ignoraba. Cierto día se presentó una vendedora al castillo del Este, con varias semillas de tulipanes, que eran mágicas y traían felicidad. Edward las compró y esperó unas horas hasta que brotaron las flores y las colocó en un ramo… Al presentarse delante de Liena, le insistió de tal forma que ella terminó aceptando el gesto. Luego ella en su recámara, las rompió una por una, pero cual no sería su sorpresa que cuando hubo hecho esto; se encontró en el bosque, con unas ropas horribles, y al mirar sus manos, estas estaban llenas de arrugas; quiso gritar y no pudo, se había quedado sin voz. Triste y desamparada, caminó un largo rato, hasta que llegó al pueblo más cercano. Estaba en desgracia, la magia la arrastró a una maldición, y por un momento pensó en morirse. Luego recapacitó pues quizás el efecto sería transitorio, por lo que debía subsistir un tiempo, pero sin dinero, ni conocidos; lo único que podía hacer era pedir limosnas y así se instaló cerca de la posada más cercana. Todo el que la veía se burlaba, decían: -que vieja más fea y maloliente, deberían sacarla de aquí-, de vez en cuando pasaba alguien y le deja caer algunas migajas de pan. De mañana se despertaba con el ruido de las carretas y el lamido de un perro por su cara, así pasó tres días deprimentes. Edward había salido junto a sus soldados a buscarla por todo el país, hasta que llegó al pueblo, sus súbditos anunciaron la desaparición de la princesa y el que la encontrara o diera información, le darían una buena recompensa. Liena, sin fuerzas, al escuchar la trompeta de anuncios reales, intentó llegar a donde estaba la caballería, pero era apartada por todos los oyentes que no la dejaban aproximarse, siendo inútil su intento, vio al príncipe que se encontraba a la entrada de una casa, hablando con un Señor. Con su paso lento, llegó desmayada hasta su objetivo y cayó desplomada a los pies de Edward, el cual al verla, se asustó, y se prestó a auxiliarla inmediatamente. Luego le entregó unas monedas de plata al Señor, para que ayudara a la anciana. Cuando hubo comido y descansado, Liena, mejor provista, enseguida solicitó una hoja para escribir y salió a entregársela al príncipe. En aquel espacio decía, -por favor, lléveme a su palacio aunque sea de criada, conozco algo de magia y puedo ayudarle a encontrar a la princesa-. El príncipe viendo su estado y conociendo que no tenía mucha esperanza, le sonrió y le dijo, -gracias por preocuparse, buena mujer, venga conmigo-. Al escuchar esto, Liena, quedó conmocionada, y una lágrima brotó de sus ojos, no lo había visto tan apuesto como en ese entonces. Marcharon con la salida del sol, y al llegar al castillo, la estableció con la ama de llaves. La tarea que le encomendaron, sería llevar una rosa al cuarto de Edward todos los días, el olor de las rosas le inspiró mejor entusiasmo. Cuando llegó a la habitación encontró al mozo, que le dejaba una hoja para que escribiera y le diera alguna información. Ella anotó –la princesa ha sido objeto de un hechizo, por los tulipanes que le regalaste, y no es la misma de antes-. Al leerlo, Edward, se propuso bajo cielo y tierra, encontrar aquella señora que le vendió las semillas. Envió a sus emisarios por cada pueblo, pero pasaron los meses y nada. En todo este tiempo a Liena, le sirvió mucho estar cerca de Edward, pudo conocer su nobleza y el amor que le profesaba. Comenzó a pensar en él sin resistirse, se sentía triste cuando no lo veía, y poco a poco algo inexplicable comenzaba a surgir, en su fatigado corazón. Una tarde, se tropezó con sus amigos del palacio, aquellos que la querían, ahora la miraban con desprecio, el único que estaba para ella, era el hombre más encantador y que estuvo rechazando, pero dijo sé que si no aparecía la forma de salvarla, nunca se apartaría de él. Por aquel entonces, Edward no estaba bien, tenía fiebre y un gran dolor que no lo dejaba caminar, ella le llevó las flores como de costumbre y al verlo postrado lloraba con aflicción, por las noches iba y le ponía un paño sobre su frente, el médico le dijo que era la angustia que no lo dejaba levantarse, que moriría si seguía así. Liena, al enterarse salió al jardín y se dejó caer cerca de un tulipán y allí derramó muchas lágrimas, de pronto una luz comenzó a rodearla, se sobresaltó, y maravilló del milagro, luego lo arrancó y esa noche calladamente entró al aposento, lo colocó en el pecho del joven, y sin poder frenar más sus sentimientos, dejó en sus labios un beso. Al instante el espíritu del príncipe se despertó y al verla, le dijo - tú eres Liena- se acercó suavemente a su amada, concediéndole el beso añorado. Ambos corazones palpitaron deprisa y al buscar su rostro, ante sus ojos estaba la bella princesa de Las Rosas…


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Hubo una vez un bello reino, reconocido por sus paisajes y lujosos castillos. En el lado Este vivía la familia de Los Tulipanes, y en el Oeste la familia de Las Rosas. Tenían largos y esplendorosos jardines que perfumaban el ambiente. El príncipe de Los Tulipanes llamado Edward, estaba enamorado de la princesa de Las Rosas, Liena; una atractiva y elegante joven, admirada por todos en la región. A ella le fascinaba trabajar en sus rosales. Una mañana, Edward la visitó y sin pedirle permiso, arrancó una rosa; desde ese instante, ella comenzó a tenerle rencor. Él diariamente, le regalaba un tulipán, pero ella se molestaba y lo ignoraba. Cierto día se presentó una vendedora al castillo del Este, con varias semillas de tulipanes, que eran mágicas y traían felicidad. Edward las compró y esperó unas horas hasta que brotaron las flores y las colocó en un ramo… Al presentarse delante de Liena, le insistió de tal forma que ella terminó aceptando el gesto. Luego ella en su recámara, las rompió una por una, pero cual no sería su sorpresa que cuando hubo hecho esto; se encontró en el bosque, con unas ropas horribles, y al mirar sus manos, estas estaban llenas de arrugas; quiso gritar y no pudo, se había quedado sin voz. Triste y desamparada, caminó un largo rato, hasta que llegó al pueblo más cercano. Estaba en desgracia, la magia la arrastró a una maldición, y por un momento pensó en morirse. Luego recapacitó pues quizás el efecto sería transitorio, por lo que debía subsistir un tiempo, pero sin dinero, ni conocidos; lo único que podía hacer era pedir limosnas y así se instaló cerca de la posada más cercana. Todo el que la veía se burlaba, decían: -que vieja más fea y maloliente, deberían sacarla de aquí-, de vez en cuando pasaba alguien y le deja caer algunas migajas de pan. De mañana se despertaba con el ruido de las carretas y el lamido de un perro por su cara, así pasó tres días deprimentes. Edward había salido junto a sus soldados a buscarla por todo el país, hasta que llegó al pueblo, sus súbditos anunciaron la desaparición de la princesa y el que la encontrara o diera información, le darían una buena recompensa. Liena, sin fuerzas, al escuchar la trompeta de anuncios reales, intentó llegar a donde estaba la caballería, pero era apartada por todos los oyentes que no la dejaban aproximarse, siendo inútil su intento, vio al príncipe que se encontraba a la entrada de una casa, hablando con un Señor. Con su paso lento, llegó desmayada hasta su objetivo y cayó desplomada a los pies de Edward, el cual al verla, se asustó, y se prestó a auxiliarla inmediatamente. Luego le entregó unas monedas de plata al Señor, para que ayudara a la anciana. Cuando hubo comido y descansado, Liena, mejor provista, enseguida solicitó una hoja para escribir y salió a entregársela al príncipe. En aquel espacio decía, -por favor, lléveme a su palacio aunque sea de criada, conozco algo de magia y puedo ayudarle a encontrar a la princesa-. El príncipe viendo su estado y conociendo que no tenía mucha esperanza, le sonrió y le dijo, -gracias por preocuparse, buena mujer, venga conmigo-. Al escuchar esto, Liena, quedó conmocionada, y una lágrima brotó de sus ojos, no lo había visto tan apuesto como en ese entonces. Marcharon con la salida del sol, y al llegar al castillo, la estableció con la ama de llaves. La tarea que le encomendaron, sería llevar una rosa al cuarto de Edward todos los días, el olor de las rosas le inspiró mejor entusiasmo. Cuando llegó a la habitación encontró al mozo, que le dejaba una hoja para que escribiera y le diera alguna información. Ella anotó –la princesa ha sido objeto de un hechizo, por los tulipanes que le regalaste, y no es la misma de antes-. Al leerlo, Edward, se propuso bajo cielo y tierra, encontrar aquella señora que le vendió las semillas. Envió a sus emisarios por cada pueblo, pero pasaron los meses y nada. En todo este tiempo a Liena, le sirvió mucho estar cerca de Edward, pudo conocer su nobleza y el amor que le profesaba. Comenzó a pensar en él sin resistirse, se sentía triste cuando no lo veía, y poco a poco algo inexplicable comenzaba a surgir, en su fatigado corazón. Una tarde, se tropezó con sus amigos del palacio, aquellos que la querían, ahora la miraban con desprecio, el único que estaba para ella, era el hombre más encantador y que estuvo rechazando, pero dijo sé que si no aparecía la forma de salvarla, nunca se apartaría de él. Por aquel entonces, Edward no estaba bien, tenía fiebre y un gran dolor que no lo dejaba caminar, ella le llevó las flores como de costumbre y al verlo postrado lloraba con aflicción, por las noches iba y le ponía un paño sobre su frente, el médico le dijo que era la angustia que no lo dejaba levantarse, que moriría si seguía así. Liena, al enterarse salió al jardín y se dejó caer cerca de un tulipán y allí derramó muchas lágrimas, de pronto una luz comenzó a rodearla, se sobresaltó, y maravilló del milagro, luego lo arrancó y esa noche calladamente entró al aposento, lo colocó en el pecho del joven, y sin poder frenar más sus sentimientos, dejó en sus labios un beso. Al instante el espíritu del príncipe se despertó y al verla, le dijo - tú eres Liena- se acercó suavemente a su amada, concediéndole el beso añorado. Ambos corazones palpitaron deprisa y al buscar su rostro, ante sus ojos estaba la bella princesa de Las Rosas…


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me parece muy particular y bello, es colorido y hermoso como das forma al personaje, me gustó mucho, abrazos
 
Una bellísima historia de amor...pero donde no dejan de arrancarse flores. Imaginaré que ambos se las ofrecían en macetas, entonces si es precioso este relato, para mayores y pequeños. En esta faceta (con las macetas), te dejo un 9.
Abrazos. Pili
 
Ay Pili imaginación y magia, ahí cabe lo que desees, este lugar estaba lleno de flores, y si la arrancaron fue de regalo. Gracias por tus calificaciones, quedo complacida. Abrazos
 

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Luego ella en su recámara, las rompió una por una, pero cual no sería su sorpresa que cuando hubo hecho esto; se encontró en el bosque, con unas ropas horribles, y al mirar sus manos, estas estaban llenas de arrugas; quiso gritar y no pudo, se había quedado sin voz. Triste y desamparada, caminó un largo rato, hasta que llegó al pueblo más cercano. Estaba en desgracia, la magia la arrastró a una maldición, y por un momento pensó en morirse. Luego recapacitó pues quizás el efecto sería transitorio, por lo que debía subsistir un tiempo, pero sin dinero, ni conocidos; lo único que podía hacer era pedir limosnas y así se instaló cerca de la posada más cercana. Todo el que la veía se burlaba, decían: -que vieja más fea y maloliente, deberían sacarla de aquí-, de vez en cuando pasaba alguien y le deja caer algunas migajas de pan. De mañana se despertaba con el ruido de las carretas y el lamido de un perro por su cara, así pasó tres días deprimentes. Edward había salido junto a sus soldados a buscarla por todo el país, hasta que llegó al pueblo, sus súbditos anunciaron la desaparición de la princesa y el que la encontrara o diera información, le darían una buena recompensa. Liena, sin fuerzas, al escuchar la trompeta de anuncios reales, intentó llegar a donde estaba la caballería, pero era apartada por todos los oyentes que no la dejaban aproximarse, siendo inútil su intento, vio al príncipe que se encontraba a la entrada de una casa, hablando con un Señor. Con su paso lento, llegó desmayada hasta su objetivo y cayó desplomada a los pies de Edward, el cual al verla, se asustó, y se prestó a auxiliarla inmediatamente. Luego le entregó unas monedas de plata al Señor, para que ayudara a la anciana. Cuando hubo comido y descansado, Liena, mejor provista, enseguida solicitó una hoja para escribir y salió a entregársela al príncipe. En aquel espacio decía, -por favor, lléveme a su palacio aunque sea de criada, conozco algo de magia y puedo ayudarle a encontrar a la princesa-. El príncipe viendo su estado y conociendo que no tenía mucha esperanza, le sonrió y le dijo, -gracias por preocuparse, buena mujer, venga conmigo-. Al escuchar esto, Liena, quedó conmocionada, y una lágrima brotó de sus ojos, no lo había visto tan apuesto como en ese entonces. Marcharon con la salida del sol, y al llegar al castillo, la estableció con la ama de llaves. La tarea que le encomendaron, sería llevar una rosa al cuarto de Edward todos los días, el olor de las rosas le inspiró mejor entusiasmo. Cuando llegó a la habitación encontró al mozo, que le dejaba una hoja para que escribiera y le diera alguna información. Ella anotó –la princesa ha sido objeto de un hechizo, por los tulipanes que le regalaste, y no es la misma de antes-. Al leerlo, Edward, se propuso bajo cielo y tierra, encontrar aquella señora que le vendió las semillas. Envió a sus emisarios por cada pueblo, pero pasaron los meses y nada. En todo este tiempo a Liena, le sirvió mucho estar cerca de Edward, pudo conocer su nobleza y el amor que le profesaba. Comenzó a pensar en él sin resistirse, se sentía triste cuando no lo veía, y poco a poco algo inexplicable comenzaba a surgir, en su fatigado corazón. Una tarde, se tropezó con sus amigos del palacio, aquellos que la querían, ahora la miraban con desprecio, el único que estaba para ella, era el hombre más encantador y que estuvo rechazando, pero dijo sé que si no aparecía la forma de salvarla, nunca se apartaría de él. Por aquel entonces, Edward no estaba bien, tenía fiebre y un gran dolor que no lo dejaba caminar, ella le llevó las flores como de costumbre y al verlo postrado lloraba con aflicción, por las noches iba y le ponía un paño sobre su frente, el médico le dijo que era la angustia que no lo dejaba levantarse, que moriría si seguía así. Liena, al enterarse salió al jardín y se dejó caer cerca de un tulipán y allí derramó muchas lágrimas, de pronto una luz comenzó a rodearla, se sobresaltó, y maravilló del milagro, luego lo arrancó y esa noche calladamente entró al aposento, lo colocó en el pecho del joven, y sin poder frenar más sus sentimientos, dejó en sus labios un beso. Al instante el espíritu del príncipe se despertó y al verla, le dijo - tú eres Liena- se acercó suavemente a su amada, concediéndole el beso añorado. Ambos corazones palpitaron deprisa y al buscar su rostro, ante sus ojos estaba la bella princesa de Las Rosas…


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Wow no te miento!Que bello cuento !llore la final jaja llmame loca y sentimental, pero si vives la escena la sientes, amiga que bonito.bonito bonito bonito bonito en verdad.Mi cubanita!
 
bello cuanto de desencantos y luego volverse a encantar, los príncipes y las princesas siempre de mágico fin

saludos
 
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