Por la guerra en Alepo
Cuando aconteció la era de los metales, cuando al fin pudimos moldear las durezas de la tierra,
sus especias más férreas, se nos ocurrió, antes, o durante o después de la forja, colocarles nombres,
porque, hasta entonces, no tenían signo ni rostro
y era necesario elegirlos para conocerlos, para subyugarlos.
Y así fue que llamamos
al cobre, cobre; al bronce, bronce;
al hierro, hierro.
Y advenidos los señores nuevos, nos permitieron, en un principio,
las herramientas para el trabajo,
y luego, sin nosotros intuirlo,
nos castigaron, nos suspendieron la lógica, con armas incisivas: dagas, puñales, jabalinas, espadas.
En ese momento, momento neurálgico, deduje
que la guerra se nos había posado a los oídos, convenciéndonos en desechar lo hecho.
Y los subyugados fuimos nosotros.
Tiempo después, ya negado el engaño, nos tropezamos con otros metales, más
fraternos, más nobles, con aires de castigo, de amenaza, para moldear
las espoletas, los mecanismos espinosos destructores
de los muros de Alepo.
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