A Edgar Allan Poe
En mi cavilación nocturna, forjada por ausencias,
encontrábame taciturno, bajo la música del claro de luna.
Entonces, pasmado, observe las imágenes cambiar sus apariencias.
Y vi a la doncella, hermosa, con sus ojos refulgentes, acercarse hacia mí.
De pronto el temor, que en un primer momento sobrecogió mi espíritu,
evanescente, se esfumó y nos dejó solos en el lindero que tanto había deseado.
¡Vi sus ojos amables, su lustrosa cabellera y sus dientes nevados!
¡Vi sus pechos gentiles y delicados, su cintura grácil y sus caderas serpenteadas!
¡Sólo Dios sabe que ese día vi el amor!
Y mirándola fijamente, le dije: princesa, por qué has tardado tanto.
Ella, con su tersa voz de ninfa, me respondió: porque nunca antes me has llamado.
Le dije: claro que te he llamado, desde siempre
Te he llamado desde la primera vez que
Me respondió: no lo creo, porque hubiera venido inmediatamente, como ahora.
Levante la vista y vi a la luna agria, adusta y negra y no le creí.
Iracundo y furioso, le increpé su zafiedad.
Y la vi llorar amargamente, mientras con sus cálidas manos, cubría su rostro.
¡Oh, cómo me arrepentí de proferir necias palabras!
¡Ni el purgatorio de Dante hubiera sido suficiente castigo para mí!
Las lágrimas afloraron de mis pupilas y ambos nos pusimos a llorar.
Con mis manos despreciables cogí su mentón y con mis dedos acaricié sus mejillas.
Afligido y desconsolado, le dije: perdóname, princesa.
Levemente levantó la mirada y nos besamos.
¡Estoy seguro que ni habitantes del Olimpo, experimentaron alguna vez semejante gloria!
Trémula y resollando, traté de consolarla.
Y mientras nos besábamos, cubiertos bajo la copa de un árbol, inflamado de amor,
los rayos del sol atravesaron las cascadas hojas y me quede solo.
¡Y desde aquel momento desprecio el día y el sol, por llevarse a mi amada!
¡Si tan sólo hubiera podido raptarla del indolente, como Paris a Helena!
Y ahora, jamás salgo de casa para no encontrar al día.
He revestido todas las ventanas,
y todo agujero por donde pueda asomarse algún rayo del pérfido sol; ¡lo detesto!
Sólo vivo y encuentro consuelo entre hojas de papel y la oscuridad leal de la noche,
y no hay noche que pase, que no vuelva al lugar donde encontré aquella vez,
en mis cavilaciones nocturnas, a mi amada.
En mi cavilación nocturna, forjada por ausencias,
encontrábame taciturno, bajo la música del claro de luna.
Entonces, pasmado, observe las imágenes cambiar sus apariencias.
Y vi a la doncella, hermosa, con sus ojos refulgentes, acercarse hacia mí.
De pronto el temor, que en un primer momento sobrecogió mi espíritu,
evanescente, se esfumó y nos dejó solos en el lindero que tanto había deseado.
¡Vi sus ojos amables, su lustrosa cabellera y sus dientes nevados!
¡Vi sus pechos gentiles y delicados, su cintura grácil y sus caderas serpenteadas!
¡Sólo Dios sabe que ese día vi el amor!
Y mirándola fijamente, le dije: princesa, por qué has tardado tanto.
Ella, con su tersa voz de ninfa, me respondió: porque nunca antes me has llamado.
Le dije: claro que te he llamado, desde siempre
Te he llamado desde la primera vez que
Me respondió: no lo creo, porque hubiera venido inmediatamente, como ahora.
Levante la vista y vi a la luna agria, adusta y negra y no le creí.
Iracundo y furioso, le increpé su zafiedad.
Y la vi llorar amargamente, mientras con sus cálidas manos, cubría su rostro.
¡Oh, cómo me arrepentí de proferir necias palabras!
¡Ni el purgatorio de Dante hubiera sido suficiente castigo para mí!
Las lágrimas afloraron de mis pupilas y ambos nos pusimos a llorar.
Con mis manos despreciables cogí su mentón y con mis dedos acaricié sus mejillas.
Afligido y desconsolado, le dije: perdóname, princesa.
Levemente levantó la mirada y nos besamos.
¡Estoy seguro que ni habitantes del Olimpo, experimentaron alguna vez semejante gloria!
Trémula y resollando, traté de consolarla.
Y mientras nos besábamos, cubiertos bajo la copa de un árbol, inflamado de amor,
los rayos del sol atravesaron las cascadas hojas y me quede solo.
¡Y desde aquel momento desprecio el día y el sol, por llevarse a mi amada!
¡Si tan sólo hubiera podido raptarla del indolente, como Paris a Helena!
Y ahora, jamás salgo de casa para no encontrar al día.
He revestido todas las ventanas,
y todo agujero por donde pueda asomarse algún rayo del pérfido sol; ¡lo detesto!
Sólo vivo y encuentro consuelo entre hojas de papel y la oscuridad leal de la noche,
y no hay noche que pase, que no vuelva al lugar donde encontré aquella vez,
en mis cavilaciones nocturnas, a mi amada.