Angel Acosta
Poeta recién llegado
Yo vengo de Camino de Lizoáin. Allí crecí en una finca que tiene un río lleno de peces y cangrejos, y por cierto, ¿sabe usted qué es la esperanza? Bueno, algunas personas la desconocían, hasta que llegó el coronavirus, y como hoy nadie se quiere morir, los milagros son un altar donde todos rezan. Sin embargo, las esperanzas también son alegres recuerdos. A los doce años yo pensaba que en Lizoáin la esperanza estaba relacionada con la felicidad y joder, si usted no me cree, pues entonces le cuento. Tendría yo unos siete años cuando mi abuelo Asentzio, en una de las calles donde celebran las Ferias de San Martín, dormía de forma muy extraña. Ese día lo zarandeé para aquí y lo moví para allá, ¡pero nada!, y entonces, llena de esperanza, me dije, está en uno de sus mágicos actos, y ruego me disculpen pero, se me olvidaba comentar este detalle, saben, mi abuelo es mago, sisisi, no se asombre, mi abuelo Asentzio es mago, y delante de mis pícaros ojos, y en la finca de Lizoáin, sus manos desaparecían caracoles, barquitos de papel y hasta cangrejitos y por eso, para despertarlo, hice lo imposible pero, ¡qué va!, mi abuelo Asentzio no se movía. Entonces me puse seria, muy seria y con fuerza, con mucha fuerza, apreté los puños y cerré duro los ojos y muy muy rápido grité las mágicas palabras que siempre me repetía, ¡Joder cría, coñomirapaotro’lao! Y vaya sorpresa, de aquella siesta, aún medio borracho, mi abuelo Asentzio se despertó.
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