Tamar
Poeta adicto al portal
Incendio ..
El parque de la calle siete
está llorando,
como un niño pequeño,
como un llanto fresco,
que pasa de inmediato.
El parque de la calle siete
ha quedado en verdes huesos,
en rocío sin recuerdo.
Ya olvidó que anoche hubo un incendio,
y que el cuarto árbol a la derecha,
peleaba por el aire de las ramas secas.
Pero el fuego se llevó
el pasado a su lado,
subiendo como humo enmarañado,
por pasillos cerrados con candados.
El incendio iba corriendo por las piedras,
arrastrando tristes sueños y pesadas ligerezas,
pasando como susurro por todos los árboles,
pero deteniéndose en el cuarto árbol a la derecha.
Fue un incendio que amenazaba,
con recorrerlo todo.
Pero la chica que estaba sola,
en el edificio del frente, no corrió.
Se quedó observando una foto,
como siempre,
Sintiendo una gota de frío recorrerle,
y caminando, embelesada,
acercando sus manos al fuego,
volviendo a sus ojos el centro
de un incendio cual parca de los recuerdos.
La chica se había acercado tanto,
que el fuego ya no le hacía daño.
Y cuando estuvo muy adentro,
con los ojos cerrados,
aquella parca amarilla como un secreto,
le sugirió que corriera.
Y ella corrió,
mientras las nubes del incendio,
dejaban de ser llanto para ser escape,
mientras la grama iba creciendo.
Llorando,
mientras se derrumbaban mareas,
como el cuarto árbol a la derecha.
El parque de la calle siete,
olvidó porque lloraba,
amanece sin árboles, sin recuerdos,
sin lágrimas,
amanece somnoliento,
secando lágrimas evaporadas.
Amaneció tan contento,
como un niño que encuentra algo,
que poco buscaba.
Como la chica que ahora,
regresa y encuentra
su sonrisa y su mirada
en la grama.
El parque de la calle siete
está llorando,
como un niño pequeño,
como un llanto fresco,
que pasa de inmediato.
El parque de la calle siete
ha quedado en verdes huesos,
en rocío sin recuerdo.
Ya olvidó que anoche hubo un incendio,
y que el cuarto árbol a la derecha,
peleaba por el aire de las ramas secas.
Pero el fuego se llevó
el pasado a su lado,
subiendo como humo enmarañado,
por pasillos cerrados con candados.
El incendio iba corriendo por las piedras,
arrastrando tristes sueños y pesadas ligerezas,
pasando como susurro por todos los árboles,
pero deteniéndose en el cuarto árbol a la derecha.
Fue un incendio que amenazaba,
con recorrerlo todo.
Pero la chica que estaba sola,
en el edificio del frente, no corrió.
Se quedó observando una foto,
como siempre,
Sintiendo una gota de frío recorrerle,
y caminando, embelesada,
acercando sus manos al fuego,
volviendo a sus ojos el centro
de un incendio cual parca de los recuerdos.
La chica se había acercado tanto,
que el fuego ya no le hacía daño.
Y cuando estuvo muy adentro,
con los ojos cerrados,
aquella parca amarilla como un secreto,
le sugirió que corriera.
Y ella corrió,
mientras las nubes del incendio,
dejaban de ser llanto para ser escape,
mientras la grama iba creciendo.
Llorando,
mientras se derrumbaban mareas,
como el cuarto árbol a la derecha.
El parque de la calle siete,
olvidó porque lloraba,
amanece sin árboles, sin recuerdos,
sin lágrimas,
amanece somnoliento,
secando lágrimas evaporadas.
Amaneció tan contento,
como un niño que encuentra algo,
que poco buscaba.
Como la chica que ahora,
regresa y encuentra
su sonrisa y su mirada
en la grama.
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