Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
La incertidumbre planea entre nosotros,
escribe su diario en papeles mojados
que se van deshaciendo,
es voluble,
es hija, nieta, madre, abuela,
de la nube que gravita el cielo,
tiene manchas rojas en la frente,
detrás de las orejas,
muerde las esquinas de las telas de la araña,
caen las presas.
Las montañas, son abultado vientre
que aprovecha el hambre en su desnudo;
la nieve, esa necesidad de sepultar caminos
y dejar despierta, sola a esa cruz
que no conmueve.
Nadie, viene hacia mí,
nadie, se sabe diferente a algo
que creíamos ser otro distinto;
me abraza,
las costillas me crujen
como estrellas sorprendidas
por los fuegos de artificio y los petardos;
se hacen esfuerzos por ahuyentar al miedo,
el miedo se resiste,
la incertidumbre cabalga sobre él
y se desboca,
la boca arde,
los dientes abren
pozos en las sombras de la tierra
y no tenemos dedos;
un dios no se sostiene,
un dios que ya no nace y ya no muere,
que ya no es un producto de nosotros,
que habita nuestras casas,
que se sienta a nuestras mesas
y pide,
siempre pide,
sin darse nada a cambio,
un laberinto ciego y caracolas
golpean
lo imposible de las rocas.
Ahora quiero la arena
de esa tanta incertidumbre
y descansar en ella,
sobre ti
un nudo en la garganta
mojado por la lluvia
descomponiéndose en gritos.
Tu nombre, sólo tu nombre
rompe los espejos que la noche
creo la incertidumbre,
y ahora no nos vamos,
quedamos como un cuerpo sin espinas.
escribe su diario en papeles mojados
que se van deshaciendo,
es voluble,
es hija, nieta, madre, abuela,
de la nube que gravita el cielo,
tiene manchas rojas en la frente,
detrás de las orejas,
muerde las esquinas de las telas de la araña,
caen las presas.
Las montañas, son abultado vientre
que aprovecha el hambre en su desnudo;
la nieve, esa necesidad de sepultar caminos
y dejar despierta, sola a esa cruz
que no conmueve.
Nadie, viene hacia mí,
nadie, se sabe diferente a algo
que creíamos ser otro distinto;
me abraza,
las costillas me crujen
como estrellas sorprendidas
por los fuegos de artificio y los petardos;
se hacen esfuerzos por ahuyentar al miedo,
el miedo se resiste,
la incertidumbre cabalga sobre él
y se desboca,
la boca arde,
los dientes abren
pozos en las sombras de la tierra
y no tenemos dedos;
un dios no se sostiene,
un dios que ya no nace y ya no muere,
que ya no es un producto de nosotros,
que habita nuestras casas,
que se sienta a nuestras mesas
y pide,
siempre pide,
sin darse nada a cambio,
un laberinto ciego y caracolas
golpean
lo imposible de las rocas.
Ahora quiero la arena
de esa tanta incertidumbre
y descansar en ella,
sobre ti
un nudo en la garganta
mojado por la lluvia
descomponiéndose en gritos.
Tu nombre, sólo tu nombre
rompe los espejos que la noche
creo la incertidumbre,
y ahora no nos vamos,
quedamos como un cuerpo sin espinas.