πxel
Enzo Molinari - πxel - Costa Rica
i —Elegía—
No sé si cerrar los ojos o abrirlos de par en par.
Sólo sé que, ésta, es la elegía
de la tierra maldita que me sucede
y de la misma que me toca heredar,
de los recuerdos grises de cielos azules
y de las lluvias ácidas que me perforan el sentido.
La de los ríos purulentos,
la de los mares de plástico,
la de los bosques ulcerados de troncos caídos,
la de la vida estéril que ya no puede parir ni media bacteria.
La de los valles inundados con desechos,
la de montañas coloridas por basura perpetua
la de apellidos fosilizados con osamentas
del execrable nombre que gobierna:
La Inconsciencia.
Ambigüedad maldita
porque se usa al antojo y a veces, de reojo,
nos da cierta cantidad de pena.
Crítica de prójimos absurdos y pecados propios.
El deshielo me condena...
ii —Inconsciencia—
El desierto impera
y el ozono es un fantasma.
Te invito a mi casa, basurero de todos.
Desolación de unos pocos.
Es el descaro de agua y tierra
que desata burlesco pavor,
plaga de simientes con dolor,
mutila de raíz los cantos
y en menos de una hora,
fabrica llantos.
Consciencia.
Tras tu amurallado abandono,
percibo que te gritan, clemencia.
¿Dónde fuiste? ¿Por qué rehúyes?
¿Y dónde quedo yo?
¿Junto al sollozo de niños sin futuro
o con el clamor de aquella
y esta ingrata especie que se extingue?
Inconsciencia.
Egoístamente, la humanidad feneces
para volverla mueca diaria en el hombre.
Industria, economía, política, fronteras.
—Guerras— ¿tuvieron ustedes sensatez?
Intereses de pocos, rapiña indiscriminada.
¿A qué precio?
Mi piel sintética...
iii —Semilla—
Les juro que me encuentro despierto,
entre la época inminente y el segundo que recién asesiné.
En realidad, no escribo ningún sueño.
Estas son letras de sangre y fuego
dedicadas a la inconsciencia.
A la mía —claro está—, porque,
por fin he visto el fantasma
que mantiene aterrado mi espejo.
‹Hay esperanza› —me dijo—,
‹si quieres un mundo mejor, no esperes a que alguien haga algo›—
Y entendí que, los cambios siempre germinan
a partir de que yo decida plantar...
mi propia semilla.
http://palabras-arrancadas-al-alma.blogspot.com/2016/09/inconsciencia.html
No sé si cerrar los ojos o abrirlos de par en par.
Sólo sé que, ésta, es la elegía
de la tierra maldita que me sucede
y de la misma que me toca heredar,
de los recuerdos grises de cielos azules
y de las lluvias ácidas que me perforan el sentido.
La de los ríos purulentos,
la de los mares de plástico,
la de los bosques ulcerados de troncos caídos,
la de la vida estéril que ya no puede parir ni media bacteria.
La de los valles inundados con desechos,
la de montañas coloridas por basura perpetua
la de apellidos fosilizados con osamentas
del execrable nombre que gobierna:
La Inconsciencia.
Ambigüedad maldita
porque se usa al antojo y a veces, de reojo,
nos da cierta cantidad de pena.
Crítica de prójimos absurdos y pecados propios.
El deshielo me condena...
ii —Inconsciencia—
El desierto impera
y el ozono es un fantasma.
Te invito a mi casa, basurero de todos.
Desolación de unos pocos.
Es el descaro de agua y tierra
que desata burlesco pavor,
plaga de simientes con dolor,
mutila de raíz los cantos
y en menos de una hora,
fabrica llantos.
Consciencia.
Tras tu amurallado abandono,
percibo que te gritan, clemencia.
¿Dónde fuiste? ¿Por qué rehúyes?
¿Y dónde quedo yo?
¿Junto al sollozo de niños sin futuro
o con el clamor de aquella
y esta ingrata especie que se extingue?
Inconsciencia.
Egoístamente, la humanidad feneces
para volverla mueca diaria en el hombre.
Industria, economía, política, fronteras.
—Guerras— ¿tuvieron ustedes sensatez?
Intereses de pocos, rapiña indiscriminada.
¿A qué precio?
Mi piel sintética...
iii —Semilla—
Les juro que me encuentro despierto,
entre la época inminente y el segundo que recién asesiné.
En realidad, no escribo ningún sueño.
Estas son letras de sangre y fuego
dedicadas a la inconsciencia.
A la mía —claro está—, porque,
por fin he visto el fantasma
que mantiene aterrado mi espejo.
‹Hay esperanza› —me dijo—,
‹si quieres un mundo mejor, no esperes a que alguien haga algo›—
Y entendí que, los cambios siempre germinan
a partir de que yo decida plantar...
mi propia semilla.
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