Infiernos terrenales,
cicatrices que caen en cascada,
desgarros verticales,
horizontes partidos como espejos rotos.
Esperanzas hechas añicos,
como pájaros que no regresan.
Despedidas peores que la muerte,
soledades inviables,
cuerpos andantes, vaciados,
funestos cestos de piedras
que el mundo se niega a mirar.
Cada emigrante: un río sangrante
que desborda su cauce,
y nadie se atreve a beber de su agua
por miedo al contagio del dolor.
Divinas palabras desangradas en barro,
rezos estrellados contra muros,
puertas cerradas como cárceles
donde se les mide no como humanos,
sino como peligros.
Culturas convertidas en vitrinas,
historias rotas,
souvenirs exóticos
que se exhiben,
pero no se abrazan.
Ir a verles sufrir bajo tu yugo, sí,
pero abrirles la casa, no.
Aun cuando sus manos
han sostenido tu mesa,
y su fuerza fue prenda
de tu abundancia.
Cuánta indolencia,
cuánta inhumanidad manifiesta.
Paisajes tan habituales
que se borran las siluetas de sus rostros.
Y su angustia,
tan vasta como un océano sin orillas,
la comparamos con la nuestra,
tormenta en charco,
pero el calibre de su naufragio
es de otra liga.
Y aun así,
en la grieta del dolor
nace un canto diminuto,
una chispa de ternura que resiste.
El destierro no apaga la luz,
ni la herida extingue la esperanza.
Cada lágrima guardada en silencio
es también semilla,
cada paso errante
puede aún abrir caminos.
Quizá un día,
cuando los muros se vuelvan polvo,
descubramos que el cielo
se sostiene en la dignidad compartida,
y que la humanidad que negamos
es, en verdad, la nuestra.
29/08/2025
Dikia ©
cicatrices que caen en cascada,
desgarros verticales,
horizontes partidos como espejos rotos.
Esperanzas hechas añicos,
como pájaros que no regresan.
Despedidas peores que la muerte,
soledades inviables,
cuerpos andantes, vaciados,
funestos cestos de piedras
que el mundo se niega a mirar.
Cada emigrante: un río sangrante
que desborda su cauce,
y nadie se atreve a beber de su agua
por miedo al contagio del dolor.
Divinas palabras desangradas en barro,
rezos estrellados contra muros,
puertas cerradas como cárceles
donde se les mide no como humanos,
sino como peligros.
Culturas convertidas en vitrinas,
historias rotas,
souvenirs exóticos
que se exhiben,
pero no se abrazan.
Ir a verles sufrir bajo tu yugo, sí,
pero abrirles la casa, no.
Aun cuando sus manos
han sostenido tu mesa,
y su fuerza fue prenda
de tu abundancia.
Cuánta indolencia,
cuánta inhumanidad manifiesta.
Paisajes tan habituales
que se borran las siluetas de sus rostros.
Y su angustia,
tan vasta como un océano sin orillas,
la comparamos con la nuestra,
tormenta en charco,
pero el calibre de su naufragio
es de otra liga.
Y aun así,
en la grieta del dolor
nace un canto diminuto,
una chispa de ternura que resiste.
El destierro no apaga la luz,
ni la herida extingue la esperanza.
Cada lágrima guardada en silencio
es también semilla,
cada paso errante
puede aún abrir caminos.
Quizá un día,
cuando los muros se vuelvan polvo,
descubramos que el cielo
se sostiene en la dignidad compartida,
y que la humanidad que negamos
es, en verdad, la nuestra.
29/08/2025
Dikia ©