mariano dupont
Poeta fiel al portal
Se entornan,
los párpados de mis ojos,
cuando arrobado,
de cara al cielo,
con la espalda al suelo,
juega la arena entre mis dedos.
Y me aturde el pensamiento
de que el polvo,
de dunas y médanos,
de todo mar y tierra,
son pequeño número,
ante las infinitas luces del cielo.
Rigel y Deneb me contemplan,
y me saludan titilando,
como Antares y Vega...
o Mimosa, en la constelación,
Cruz del Sur,
amiga de soñadores y poetas.
¡Que paz!.
Que templado ocaso,
en el silencioso atardecer,
al que no turba el aura adormecida.
Y es el único sonar de poesia,
el susurro de la mar tranquila,
teniendo como difuso fondo,
el "horizonte de perros", de Federico García.
La cresta de las espumosas olas,
saludan a la luz que me deja,
y va desapareciendo,
su blancura en la noche,
hasta el dia siguiente,
esperando,
el beso del sol naciente.
Y como queriendo elevarse
para alcanzar las estrellas,
el oceano pone más cerca de mí,
el contorno suave del agua,
llamado por la Luna,
con el suspirar de la marea.
Oyendo el susurrar del negro mar,
en esa noche hechicera,
vuela mi pensamiento,
al universo entero.
En que planetas,
que entibian soles,
de tamaños y colores tan variados,
que de la imaginación se burlan,
impensables criaturas,
me estarán imaginando,
como yo las imagino...
Y asi como las pienso,
estaré en su pensamiento.
ADOLFO
los párpados de mis ojos,
cuando arrobado,
de cara al cielo,
con la espalda al suelo,
juega la arena entre mis dedos.
Y me aturde el pensamiento
de que el polvo,
de dunas y médanos,
de todo mar y tierra,
son pequeño número,
ante las infinitas luces del cielo.
Rigel y Deneb me contemplan,
y me saludan titilando,
como Antares y Vega...
o Mimosa, en la constelación,
Cruz del Sur,
amiga de soñadores y poetas.
¡Que paz!.
Que templado ocaso,
en el silencioso atardecer,
al que no turba el aura adormecida.
Y es el único sonar de poesia,
el susurro de la mar tranquila,
teniendo como difuso fondo,
el "horizonte de perros", de Federico García.
La cresta de las espumosas olas,
saludan a la luz que me deja,
y va desapareciendo,
su blancura en la noche,
hasta el dia siguiente,
esperando,
el beso del sol naciente.
Y como queriendo elevarse
para alcanzar las estrellas,
el oceano pone más cerca de mí,
el contorno suave del agua,
llamado por la Luna,
con el suspirar de la marea.
Oyendo el susurrar del negro mar,
en esa noche hechicera,
vuela mi pensamiento,
al universo entero.
En que planetas,
que entibian soles,
de tamaños y colores tan variados,
que de la imaginación se burlan,
impensables criaturas,
me estarán imaginando,
como yo las imagino...
Y asi como las pienso,
estaré en su pensamiento.
ADOLFO