Eduardo Bretón
Poeta recién llegado
I.
Que triste es cuando todo se derrumba ante los ojos. Que triste cuando el suceso es volcado en un simple recuerdo de un algo que no regresará. Que triste es la erosión de los caminos, de la distancia, y del embarazoso sueño del que nos hicimos amigos alguna vez
II.
Todo este tiempo fue un libre proceder para el caos, para el azar. Fue el tiempo más fructífero de la banalidad, de la sinrazón que implantada en la vida se hace cuerpo y alma. Todos los caminos llegan algún lugar, llegan sin alcanzar algo jamás. No hubo descanso efímero ni labor prosaica de la que no se vacíe el cuerpo después de tanta desgana. No hay un solo momento, no lo hay, en el que la paz sin objetivos alcance a madurar felicidad. Se acaban los pasos, no así el camino, se acaba la nostalgia, no así el recuerdo. En el fin, en el acaecer de la mañana final, se muere todo en el alma y en los sueños antes que en los huesos, se hace la mañana minúscula y desorientada, y todo se vuelve en final, en un recuerdo más, en la historia ajena de un ignoto, inútil porvenir.
III.
Reza todo el tiempo esa gravedad suya, esos sueños risibles de la magnitud de sí. Duelen las lisonjas como duele nacer o morir, duelen los rezagos agobiantes del cuerpo en el alma, como el devenir imposible y pragmático del tiempo. Reza el corazón suyo, el otro y el otro más, reza el tal vez, el quizá. No hubo en algún momento un latido rítmico y pausado, como la marcha del reloj, fue arrabal, fue estampida loca de sensaciones equívocas y mustias miradas sin mirar. Así se le fue olvidando lentamente el sueño, el milagro consistente y constante de un peregrino vivir, del desahuciado porvenir.
IV.
Fue la mirada la atracción primera, la sensación enarbolada en el resquicio del proemio azul de un amante. Fue la mirada una dulce, triste pasajera del recuerdo, tú recuerdo. Fue la mirada el paisaje ignoto, inerte ahora, de lo que fue un amor, un destello en el oscuro espacio en el que se esconde el alma. Fue la mirada el indicio, la sospecha inherente al recuerdo de un poema. Fue la mirada sueño y ensueño, pesadilla de tu ausencia. Fue la mirada el acto, el efecto y el afecto efímero, decir fugaz agonía del y en el recuerdo. Fue la mirada una noche, la noche agotada de un día y la luz marchita de la tarde. Fue la mirada un sueño, nada más un sueño.
V.
Llamada de ausencia, de hambre, de vida. Toda vida, toda, toda un beso, un momento, un reencuentro. Imagen del recuerdo, presagio, evocación espantosa y horrible del plasma plasmado en la pupila. ¿Y entonces la vida? Me pregunto. La vida, mi vida, tu vida, nuestra vida. Así un soplo, así una brisa, así una ola, así un momento mata, ¿y que de la vida? Pregunto.
Que triste es cuando todo se derrumba ante los ojos. Que triste cuando el suceso es volcado en un simple recuerdo de un algo que no regresará. Que triste es la erosión de los caminos, de la distancia, y del embarazoso sueño del que nos hicimos amigos alguna vez
II.
Todo este tiempo fue un libre proceder para el caos, para el azar. Fue el tiempo más fructífero de la banalidad, de la sinrazón que implantada en la vida se hace cuerpo y alma. Todos los caminos llegan algún lugar, llegan sin alcanzar algo jamás. No hubo descanso efímero ni labor prosaica de la que no se vacíe el cuerpo después de tanta desgana. No hay un solo momento, no lo hay, en el que la paz sin objetivos alcance a madurar felicidad. Se acaban los pasos, no así el camino, se acaba la nostalgia, no así el recuerdo. En el fin, en el acaecer de la mañana final, se muere todo en el alma y en los sueños antes que en los huesos, se hace la mañana minúscula y desorientada, y todo se vuelve en final, en un recuerdo más, en la historia ajena de un ignoto, inútil porvenir.
III.
Reza todo el tiempo esa gravedad suya, esos sueños risibles de la magnitud de sí. Duelen las lisonjas como duele nacer o morir, duelen los rezagos agobiantes del cuerpo en el alma, como el devenir imposible y pragmático del tiempo. Reza el corazón suyo, el otro y el otro más, reza el tal vez, el quizá. No hubo en algún momento un latido rítmico y pausado, como la marcha del reloj, fue arrabal, fue estampida loca de sensaciones equívocas y mustias miradas sin mirar. Así se le fue olvidando lentamente el sueño, el milagro consistente y constante de un peregrino vivir, del desahuciado porvenir.
IV.
Fue la mirada la atracción primera, la sensación enarbolada en el resquicio del proemio azul de un amante. Fue la mirada una dulce, triste pasajera del recuerdo, tú recuerdo. Fue la mirada el paisaje ignoto, inerte ahora, de lo que fue un amor, un destello en el oscuro espacio en el que se esconde el alma. Fue la mirada el indicio, la sospecha inherente al recuerdo de un poema. Fue la mirada sueño y ensueño, pesadilla de tu ausencia. Fue la mirada el acto, el efecto y el afecto efímero, decir fugaz agonía del y en el recuerdo. Fue la mirada una noche, la noche agotada de un día y la luz marchita de la tarde. Fue la mirada un sueño, nada más un sueño.
V.
Llamada de ausencia, de hambre, de vida. Toda vida, toda, toda un beso, un momento, un reencuentro. Imagen del recuerdo, presagio, evocación espantosa y horrible del plasma plasmado en la pupila. ¿Y entonces la vida? Me pregunto. La vida, mi vida, tu vida, nuestra vida. Así un soplo, así una brisa, así una ola, así un momento mata, ¿y que de la vida? Pregunto.