Bender Carvajal
Poeta recién llegado
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Te llevo sangría
como una llamarada
seduciendo mis arterias,
estandarte de prados y remansos,
de sospechas temblando bajo la piel
que gira como una interrogante
y se desviste en beso,
carcelera de mis huesos amargos que consume la vida,
inusitado cristal de coronas infectadas,
dolorosa como el duelo
y sanadora fortuita como la muerte.
Te llevo donde voy sin que me sigas,
como un residuo que lo conquista todo,
te llevo herida, mancha, anhelo y herencia,
mía como los pecados,
pequeña hembra de trémula voz
apagada como el rocío;
tú, tatuaje de arcoíris
sobre esta piel tormenta lluvia tarde,
tallada como un río que perfora y atraviesa
con el cauce natural de los amantes.
Contigo hasta la muerte contraseña de miel agria
sobre los huertos donde la piedra hostil
da paso a tu paso cortés como un trueno
y opresor como la noche;
tú, mi frenesí de furias desembocadas
impregnadas como el trigo y la canela
sobre las fauces de tu vientre,
tu vientre origen de mi vida
que la hiciste vida otra vez.
Te llevo con el océano palpitante,
con el sonido celeste de los sauces,
de los paltos orgullosos, de las higueras embarazadas;
te llevo sigilosa y secretamente,
desde la cuenca de mi juventud,
desde mis años rotos,
astillado como el ensueño,
suculenta como el hambre,
y saciada como la libertad.
Se me nota que te llevo
por mi voz calcinada,
por la nieve que me surca
el castaño de los años,
por el acento de mis horas agrias,
por como decaigo
vencido a la gravedad de tu ausencia,
por la risa seca,
por el aplauso percudido
de mi pecho tuyo,
por las manos vencidas, por el beso inerte,
por la cadencia definitiva
Te llevo como un retumbo en la memoria,
como campanas en la mente,
llena de ecos donde la locura es un remanso,
como si fueras un temblor en la garganta,
un requiebre en la voz,
o una silueta tan solo de lo que fuimos alguna vez.
Te llevo sangría
como una llamarada
seduciendo mis arterias,
estandarte de prados y remansos,
de sospechas temblando bajo la piel
que gira como una interrogante
y se desviste en beso,
carcelera de mis huesos amargos que consume la vida,
inusitado cristal de coronas infectadas,
dolorosa como el duelo
y sanadora fortuita como la muerte.
Te llevo donde voy sin que me sigas,
como un residuo que lo conquista todo,
te llevo herida, mancha, anhelo y herencia,
mía como los pecados,
pequeña hembra de trémula voz
apagada como el rocío;
tú, tatuaje de arcoíris
sobre esta piel tormenta lluvia tarde,
tallada como un río que perfora y atraviesa
con el cauce natural de los amantes.
Contigo hasta la muerte contraseña de miel agria
sobre los huertos donde la piedra hostil
da paso a tu paso cortés como un trueno
y opresor como la noche;
tú, mi frenesí de furias desembocadas
impregnadas como el trigo y la canela
sobre las fauces de tu vientre,
tu vientre origen de mi vida
que la hiciste vida otra vez.
Te llevo con el océano palpitante,
con el sonido celeste de los sauces,
de los paltos orgullosos, de las higueras embarazadas;
te llevo sigilosa y secretamente,
desde la cuenca de mi juventud,
desde mis años rotos,
astillado como el ensueño,
suculenta como el hambre,
y saciada como la libertad.
Se me nota que te llevo
por mi voz calcinada,
por la nieve que me surca
el castaño de los años,
por el acento de mis horas agrias,
por como decaigo
vencido a la gravedad de tu ausencia,
por la risa seca,
por el aplauso percudido
de mi pecho tuyo,
por las manos vencidas, por el beso inerte,
por la cadencia definitiva
Te llevo como un retumbo en la memoria,
como campanas en la mente,
llena de ecos donde la locura es un remanso,
como si fueras un temblor en la garganta,
un requiebre en la voz,
o una silueta tan solo de lo que fuimos alguna vez.