Arrancarse las palabras para que ya no duelan.
Quemar los recuerdos.
Desinfectar cuidadosamente los rincones de la mente
donde estuviste.
Diseccionar el cuerpo. Quitar los labios que besaste,
las manos que tomaste,
los ojos que miraste y te miraron
mientras jurabas eternidades imposibles.
Llegar al punto en que las lágrimas recogen sus pasos
y se esconden.
Destruir la esperanza que pueda haber quedado.
Arrojarla contra las paredes
y observar cómo estalla en trozos diminutos.
Luego, adecuadamente, tirarla a la basura.
Y cuando vuelvas
-sí, cuando vuelvas, porque es inevitable,
añorando lugares que no existen-,
mirarte fijamente desde el fondo de mis ojos vacíos
y decirte
con toda honestidad
no te conozco.
Quemar los recuerdos.
Desinfectar cuidadosamente los rincones de la mente
donde estuviste.
Diseccionar el cuerpo. Quitar los labios que besaste,
las manos que tomaste,
los ojos que miraste y te miraron
mientras jurabas eternidades imposibles.
Llegar al punto en que las lágrimas recogen sus pasos
y se esconden.
Destruir la esperanza que pueda haber quedado.
Arrojarla contra las paredes
y observar cómo estalla en trozos diminutos.
Luego, adecuadamente, tirarla a la basura.
Y cuando vuelvas
-sí, cuando vuelvas, porque es inevitable,
añorando lugares que no existen-,
mirarte fijamente desde el fondo de mis ojos vacíos
y decirte
con toda honestidad
no te conozco.
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