Instrucciones para una astrónoma solitaria

Maygemay

Poeta que considera el portal su segunda casa



El retrato que un dibujante de su pueblo le hiciera a los veinte años dominaba el salón como una expresión clara de su íntimo anhelo. “Este será mi referente exclusivo”, -se repetía Marcela sonriendo, mientras pegaba papeles sobre los cristales delatores de un tiempo fugitivo. Era mejor salir al parque y mirar los aromos y cerezos que renovaban cíclicamente la esperanza con su exuberante floración. Junto a la fuente había un jaulón blanco y desde allí las avecillas festejaban la tarde con animados gorjeos, ajenas a su cautiverio."También yo soy prisionera de un proyecto", -se dijo- y levantó la pequeña puerta para que los pájaros estrenasen la libertad. Siguió el vuelo con ternura, mientras se perdían en el bosque de pinos que bajaba hasta la playa, recortando retazos de cielo y océano unidos en un horizonte azul, leal a sus deseos imperiosos de infinito.
Los denodados esfuerzos para dominar el tiempo y el espacio parecían haber alcanzado su meta como la imagen que le devolvía el espejo cóncavo del telescopio. Tantos años de investigación solitaria en aquel ático se concretaban al fin en el punto luminoso que se encendía con insistencia en la lente del ocular. Habría que filtrar una pequeña desviación cromática y el éxito de su proyecto sería completo. Solo faltaba interpretar la señal tan esperada que llegaba noche a noche con auspiciosos destellos intermitentes. Lejos estaba el momento en que decidió esconder los relojes como una ingenua rebeldía contra la marcha incesante de las horas. Sin embargo, Marcela prefería no subir a su mirador tan temprano y se alegró al descubrir a Pancho atado al palenque: era un zaino manso que el puestero alquilaba para el paseo de los escolares que visitaban el pueblo; ella le permitía guardarlo en su campo y tenía libertad para correr con él por la orilla del mar mientras brillara el sol; estaba tan cerca el ocaso que sería una espectadora privilegiada de la ceremonia crepuscular. Todo el esplendor de granates, rosas y dorados perfilaron su silueta al galope con la magia matizada de las luces, y ella tuvo la ilusión de que esa estampa en movimiento podría regresar con la periodicidad de las mareas. Acarició el lomo del caballo y se tendió en la arena hasta que el lucero se dibujó en el azul profundo del firmamento. Era una noche fantástica y avanzó hacia ella ascendiendo por la escala del ático.
Se acercó al trípode y ajustó el buscador hasta encontrar el campo estelar, jugó con las constelaciones un largo rato y dibujó las coordenadas para localizar un punto en el espacio, mientras sobre el pequeño mechero la pava silbaba con estridencia, anunciando el momento de saborear ese té exquisito que renovaba sus energías.
Regresó a su sillón giratorio y apretó el pedal de ascenso, localizando la zona planetaria con el diafragma ampliado de su telescopio. Aquella pequeña luna que había descubierto un año antes ocupó el foco de la lente y Marcela volvió a sentir el leve magnetismo con el parpadeo rítmico de la luz que despertaba su curiosidad; las imágenes rotaban como si el cristal refractase los colores del espectro emitidos por aquel satélite desconocido entre las órbitas de Júpiter, o de Saturno, quizás... Vagamente pensó que podría tratarse de un mensaje cifrado. ¿Cómo decodificar esas señales luminosas? ¿Acaso esperaban su propia respuesta desde aquella luna que rotaba sin definirse a la zaga de dos planetas distintos?

Corrigió la posición y volvió a mirar detenidamente el cosmos que se ofrecía en toda su magnificencia astral y entonces recibió, esta vez, haces de luces continuas que parecían conectarse con su telescopio desde distancias siderales. Una fuerza poderosa la atraía hacia el interior del cilindro y vio su rostro reflejado en el espejo cóncavo, luego su cuerpo que, paulatinamente, iba integrándose a esa imagen, girando en un torbellino de anillos multicolores. Supo por un instante que desde aquella luna remota habían recibido su aprobación y estaban activando su despegue (la estaban guiando), tal vez seres tan obstinados como ella que exploraban el universo buscando contactos más allá de los límites de su orbe. Absorta en su propia migración sintió que se iba amalgamando con aquella luz que la atraía como un imán y se incorporaba a sus destellos. A partir de esa síntesis tuvo la tenue impresión, tal vez subliminal, de que su energía se perpetuaba irreversiblemente al prolongarse en el espacio sin límites, venciendo las fugas sigilosas del tiempo, hasta que su pensamiento se fue desvaneciendo lentamente y la lámpara del ático comenzó a emitir señales intermitentes como si fuera un faro, mostrando un sillón vacío, la pava caída sobre la mecha empapada y el telescopio solitario, interrogando al cielo.
 
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El retrato que un dibujante de su pueblo le hiciera a los veinte años dominaba el salón como una expresión clara de su íntimo anhelo. “Este será mi referente exclusivo”, -se repetía Marcela sonriendo, mientras pegaba papeles sobre los cristales delatores de un tiempo fugitivo. Era mejor salir al parque y mirar los aromos y cerezos que renovaban cíclicamente la esperanza con su exuberante floración. Junto a la fuente había un jaulón blanco y desde allí las avecillas festejaban la tarde con animados gorjeos, ajenas a su cautiverio."También yo soy prisionera de un proyecto", -se dijo- y levantó la pequeña puerta para que los pájaros estrenasen la libertad. Siguió el vuelo con ternura, mientras se perdían en el bosque de pinos que bajaba hasta la playa, recortando retazos de cielo y océano unidos en un horizonte azul, leal a sus deseos imperiosos de infinito.
Los denodados esfuerzos para dominar el tiempo y el espacio parecían haber alcanzado su meta como la imagen que le devolvía el espejo cóncavo del telescopio. Tantos años de investigación solitaria en aquel ático se concretaban al fin en el punto luminoso que se encendía con insistencia en la lente del ocular. Habría que filtrar una pequeña desviación cromática y el éxito de su proyecto sería completo. Sólo faltaba interpretar la señal tan esperada que llegaba noche a noche con auspiciosos destellos intermitentes. Lejos estaba el momento en que decidió esconder los relojes como una ingenua rebeldía contra la marcha incesante de las horas. Sin embargo, Marcela prefería no subir a su mirador tan temprano y se alegró al descubrir a Pancho atado al palenque: era un zaino manso que el puestero alquilaba para el paseo de los escolares que visitaban el pueblo; ella le permitía guardarlo en su campo y tenía libertad para correr con él por la orilla del mar mientras brillara el sol; estaba tan cerca el ocaso que sería una espectadora privilegiada de la ceremonia crepuscular. Todo el esplendor de granates, rosas y dorados perfilaron su silueta al galope con la magia matizada de las luces, y ella tuvo la ilusión de que esa estampa en movimiento podría regresar con la periodicidad de las mareas. Acarició el lomo del caballo y se tendió en la arena hasta que el lucero se dibujó en el azul profundo del firmamento. Era una noche fantástica y avanzó hacia ella ascendiendo por la escala del ático.
Se acercó al trípode y ajustó el buscador hasta encontrar el campo estelar, jugó con las constelaciones un largo rato y dibujó las coordenadas para localizar un punto en el espacio, mientras sobre el pequeño mechero la pava silbaba con estridencia, anunciando el momento de saborear ese té exquisito que renovaba sus energías.
Regresó a su sillón giratorio y apretó el pedal de ascenso, localizando la zona planetaria con el diafragma ampliado de su telescopio. Aquella pequeña luna que había descubierto un año antes ocupó el foco de la lente y Marcela volvió a sentir el leve magnetismo con el parpadeo rítmico de la luz que despertaba su curiosidad; las imágenes rotaban como si el cristal refractase los colores del espectro emitidos por aquel satélite desconocido entre las órbitas de Júpiter, o de Saturno, quizás... Vagamente pensó que podría tratarse de un mensaje cifrado. ¿Cómo decodificar esas señales luminosas? ¿Acaso esperaban su propia respuesta desde aquella luna que rotaba sin definirse a la zaga de dos planetas distintos?

Corrigió la posición y volvió a mirar detenidamente el cosmos que se ofrecía en toda su magnificencia astral y entonces recibió, esta vez, haces de luces continuas que parecían conectarse con su telescopio desde distancias siderales. Una fuerza poderosa la atraía hacia el interior del cilindro y vio su rostro reflejado en el espejo cóncavo, luego su cuerpo que, paulatinamente, iba integrándose a esa imagen, girando en un torbellino de anillos multicolores. Supo por un instante que desde aquella luna remota habían recibido su aprobación y estaban activando su despegue (la estaban guiando), tal vez seres tan obstinados como ella que exploraban el universo buscando contactos más allá de los límites de su orbe, Absorta en su propia migración sintió que se iba amalgamando con aquella luz que la atraía como un imán y se incorporaba a sus destellos. A partir de esa síntesis tuvo la tenue impresión, tal vez subliminal, de que su energía se perpetuaba irreversiblemente al prolongarse en el espacio sin límites, venciendo las fugas sigilosas del tiempo, hasta que su pensamiento se fue desvaneciendo lentamente y la lámpara del ático comenzó a emitir señales intermitentes como si fuera un faro, mostrando un sillón vacío, la pava tumbada sobre la mecha empapada y el telescopio solitario, interrogando al cielo.
Nada como la apreciación y la inspiración.
Me gustó este escrito.

Saludos
 



El retrato que un dibujante de su pueblo le hiciera a los veinte años dominaba el salón como una expresión clara de su íntimo anhelo. “Este será mi referente exclusivo”, -se repetía Marcela sonriendo, mientras pegaba papeles sobre los cristales delatores de un tiempo fugitivo. Era mejor salir al parque y mirar los aromos y cerezos que renovaban cíclicamente la esperanza con su exuberante floración. Junto a la fuente había un jaulón blanco y desde allí las avecillas festejaban la tarde con animados gorjeos, ajenas a su cautiverio."También yo soy prisionera de un proyecto", -se dijo- y levantó la pequeña puerta para que los pájaros estrenasen la libertad. Siguió el vuelo con ternura, mientras se perdían en el bosque de pinos que bajaba hasta la playa, recortando retazos de cielo y océano unidos en un horizonte azul, leal a sus deseos imperiosos de infinito.
Los denodados esfuerzos para dominar el tiempo y el espacio parecían haber alcanzado su meta como la imagen que le devolvía el espejo cóncavo del telescopio. Tantos años de investigación solitaria en aquel ático se concretaban al fin en el punto luminoso que se encendía con insistencia en la lente del ocular. Habría que filtrar una pequeña desviación cromática y el éxito de su proyecto sería completo. Solo faltaba interpretar la señal tan esperada que llegaba noche a noche con auspiciosos destellos intermitentes. Lejos estaba el momento en que decidió esconder los relojes como una ingenua rebeldía contra la marcha incesante de las horas. Sin embargo, Marcela prefería no subir a su mirador tan temprano y se alegró al descubrir a Pancho atado al palenque: era un zaino manso que el puestero alquilaba para el paseo de los escolares que visitaban el pueblo; ella le permitía guardarlo en su campo y tenía libertad para correr con él por la orilla del mar mientras brillara el sol; estaba tan cerca el ocaso que sería una espectadora privilegiada de la ceremonia crepuscular. Todo el esplendor de granates, rosas y dorados perfilaron su silueta al galope con la magia matizada de las luces, y ella tuvo la ilusión de que esa estampa en movimiento podría regresar con la periodicidad de las mareas. Acarició el lomo del caballo y se tendió en la arena hasta que el lucero se dibujó en el azul profundo del firmamento. Era una noche fantástica y avanzó hacia ella ascendiendo por la escala del ático.
Se acercó al trípode y ajustó el buscador hasta encontrar el campo estelar, jugó con las constelaciones un largo rato y dibujó las coordenadas para localizar un punto en el espacio, mientras sobre el pequeño mechero la pava silbaba con estridencia, anunciando el momento de saborear ese té exquisito que renovaba sus energías.
Regresó a su sillón giratorio y apretó el pedal de ascenso, localizando la zona planetaria con el diafragma ampliado de su telescopio. Aquella pequeña luna que había descubierto un año antes ocupó el foco de la lente y Marcela volvió a sentir el leve magnetismo con el parpadeo rítmico de la luz que despertaba su curiosidad; las imágenes rotaban como si el cristal refractase los colores del espectro emitidos por aquel satélite desconocido entre las órbitas de Júpiter, o de Saturno, quizás... Vagamente pensó que podría tratarse de un mensaje cifrado. ¿Cómo decodificar esas señales luminosas? ¿Acaso esperaban su propia respuesta desde aquella luna que rotaba sin definirse a la zaga de dos planetas distintos?

Corrigió la posición y volvió a mirar detenidamente el cosmos que se ofrecía en toda su magnificencia astral y entonces recibió, esta vez, haces de luces continuas que parecían conectarse con su telescopio desde distancias siderales. Una fuerza poderosa la atraía hacia el interior del cilindro y vio su rostro reflejado en el espejo cóncavo, luego su cuerpo que, paulatinamente, iba integrándose a esa imagen, girando en un torbellino de anillos multicolores. Supo por un instante que desde aquella luna remota habían recibido su aprobación y estaban activando su despegue (la estaban guiando), tal vez seres tan obstinados como ella que exploraban el universo buscando contactos más allá de los límites de su orbe, Absorta en su propia migración sintió que se iba amalgamando con aquella luz que la atraía como un imán y se incorporaba a sus destellos. A partir de esa síntesis tuvo la tenue impresión, tal vez subliminal, de que su energía se perpetuaba irreversiblemente al prolongarse en el espacio sin límites, venciendo las fugas sigilosas del tiempo, hasta que su pensamiento se fue desvaneciendo lentamente y la lámpara del ático comenzó a emitir señales intermitentes como si fuera un faro, mostrando un sillón vacío, la pava caída sobre la mecha empapada y el telescopio solitario, interrogando al cielo.
Tengo la idea fija de que un día viajaremos contenidos en la luz.
Un beso, Maygemay.
 



El retrato que un dibujante de su pueblo le hiciera a los veinte años dominaba el salón como una expresión clara de su íntimo anhelo. “Este será mi referente exclusivo”, -se repetía Marcela sonriendo, mientras pegaba papeles sobre los cristales delatores de un tiempo fugitivo. Era mejor salir al parque y mirar los aromos y cerezos que renovaban cíclicamente la esperanza con su exuberante floración. Junto a la fuente había un jaulón blanco y desde allí las avecillas festejaban la tarde con animados gorjeos, ajenas a su cautiverio."También yo soy prisionera de un proyecto", -se dijo- y levantó la pequeña puerta para que los pájaros estrenasen la libertad. Siguió el vuelo con ternura, mientras se perdían en el bosque de pinos que bajaba hasta la playa, recortando retazos de cielo y océano unidos en un horizonte azul, leal a sus deseos imperiosos de infinito.
Los denodados esfuerzos para dominar el tiempo y el espacio parecían haber alcanzado su meta como la imagen que le devolvía el espejo cóncavo del telescopio. Tantos años de investigación solitaria en aquel ático se concretaban al fin en el punto luminoso que se encendía con insistencia en la lente del ocular. Habría que filtrar una pequeña desviación cromática y el éxito de su proyecto sería completo. Solo faltaba interpretar la señal tan esperada que llegaba noche a noche con auspiciosos destellos intermitentes. Lejos estaba el momento en que decidió esconder los relojes como una ingenua rebeldía contra la marcha incesante de las horas. Sin embargo, Marcela prefería no subir a su mirador tan temprano y se alegró al descubrir a Pancho atado al palenque: era un zaino manso que el puestero alquilaba para el paseo de los escolares que visitaban el pueblo; ella le permitía guardarlo en su campo y tenía libertad para correr con él por la orilla del mar mientras brillara el sol; estaba tan cerca el ocaso que sería una espectadora privilegiada de la ceremonia crepuscular. Todo el esplendor de granates, rosas y dorados perfilaron su silueta al galope con la magia matizada de las luces, y ella tuvo la ilusión de que esa estampa en movimiento podría regresar con la periodicidad de las mareas. Acarició el lomo del caballo y se tendió en la arena hasta que el lucero se dibujó en el azul profundo del firmamento. Era una noche fantástica y avanzó hacia ella ascendiendo por la escala del ático.
Se acercó al trípode y ajustó el buscador hasta encontrar el campo estelar, jugó con las constelaciones un largo rato y dibujó las coordenadas para localizar un punto en el espacio, mientras sobre el pequeño mechero la pava silbaba con estridencia, anunciando el momento de saborear ese té exquisito que renovaba sus energías.
Regresó a su sillón giratorio y apretó el pedal de ascenso, localizando la zona planetaria con el diafragma ampliado de su telescopio. Aquella pequeña luna que había descubierto un año antes ocupó el foco de la lente y Marcela volvió a sentir el leve magnetismo con el parpadeo rítmico de la luz que despertaba su curiosidad; las imágenes rotaban como si el cristal refractase los colores del espectro emitidos por aquel satélite desconocido entre las órbitas de Júpiter, o de Saturno, quizás... Vagamente pensó que podría tratarse de un mensaje cifrado. ¿Cómo decodificar esas señales luminosas? ¿Acaso esperaban su propia respuesta desde aquella luna que rotaba sin definirse a la zaga de dos planetas distintos?

Corrigió la posición y volvió a mirar detenidamente el cosmos que se ofrecía en toda su magnificencia astral y entonces recibió, esta vez, haces de luces continuas que parecían conectarse con su telescopio desde distancias siderales. Una fuerza poderosa la atraía hacia el interior del cilindro y vio su rostro reflejado en el espejo cóncavo, luego su cuerpo que, paulatinamente, iba integrándose a esa imagen, girando en un torbellino de anillos multicolores. Supo por un instante que desde aquella luna remota habían recibido su aprobación y estaban activando su despegue (la estaban guiando), tal vez seres tan obstinados como ella que exploraban el universo buscando contactos más allá de los límites de su orbe, Absorta en su propia migración sintió que se iba amalgamando con aquella luz que la atraía como un imán y se incorporaba a sus destellos. A partir de esa síntesis tuvo la tenue impresión, tal vez subliminal, de que su energía se perpetuaba irreversiblemente al prolongarse en el espacio sin límites, venciendo las fugas sigilosas del tiempo, hasta que su pensamiento se fue desvaneciendo lentamente y la lámpara del ático comenzó a emitir señales intermitentes como si fuera un faro, mostrando un sillón vacío, la pava caída sobre la mecha empapada y el telescopio solitario, interrogando al cielo.
Buen escrito la luz, el sonido, los espectros, las ondas, ¿qué somos? ¿adónde vamos?. Un abrazo con la pluma del alma
 



El retrato que un dibujante de su pueblo le hiciera a los veinte años dominaba el salón como una expresión clara de su íntimo anhelo. “Este será mi referente exclusivo”, -se repetía Marcela sonriendo, mientras pegaba papeles sobre los cristales delatores de un tiempo fugitivo. Era mejor salir al parque y mirar los aromos y cerezos que renovaban cíclicamente la esperanza con su exuberante floración. Junto a la fuente había un jaulón blanco y desde allí las avecillas festejaban la tarde con animados gorjeos, ajenas a su cautiverio."También yo soy prisionera de un proyecto", -se dijo- y levantó la pequeña puerta para que los pájaros estrenasen la libertad. Siguió el vuelo con ternura, mientras se perdían en el bosque de pinos que bajaba hasta la playa, recortando retazos de cielo y océano unidos en un horizonte azul, leal a sus deseos imperiosos de infinito.
Los denodados esfuerzos para dominar el tiempo y el espacio parecían haber alcanzado su meta como la imagen que le devolvía el espejo cóncavo del telescopio. Tantos años de investigación solitaria en aquel ático se concretaban al fin en el punto luminoso que se encendía con insistencia en la lente del ocular. Habría que filtrar una pequeña desviación cromática y el éxito de su proyecto sería completo. Solo faltaba interpretar la señal tan esperada que llegaba noche a noche con auspiciosos destellos intermitentes. Lejos estaba el momento en que decidió esconder los relojes como una ingenua rebeldía contra la marcha incesante de las horas. Sin embargo, Marcela prefería no subir a su mirador tan temprano y se alegró al descubrir a Pancho atado al palenque: era un zaino manso que el puestero alquilaba para el paseo de los escolares que visitaban el pueblo; ella le permitía guardarlo en su campo y tenía libertad para correr con él por la orilla del mar mientras brillara el sol; estaba tan cerca el ocaso que sería una espectadora privilegiada de la ceremonia crepuscular. Todo el esplendor de granates, rosas y dorados perfilaron su silueta al galope con la magia matizada de las luces, y ella tuvo la ilusión de que esa estampa en movimiento podría regresar con la periodicidad de las mareas. Acarició el lomo del caballo y se tendió en la arena hasta que el lucero se dibujó en el azul profundo del firmamento. Era una noche fantástica y avanzó hacia ella ascendiendo por la escala del ático.
Se acercó al trípode y ajustó el buscador hasta encontrar el campo estelar, jugó con las constelaciones un largo rato y dibujó las coordenadas para localizar un punto en el espacio, mientras sobre el pequeño mechero la pava silbaba con estridencia, anunciando el momento de saborear ese té exquisito que renovaba sus energías.
Regresó a su sillón giratorio y apretó el pedal de ascenso, localizando la zona planetaria con el diafragma ampliado de su telescopio. Aquella pequeña luna que había descubierto un año antes ocupó el foco de la lente y Marcela volvió a sentir el leve magnetismo con el parpadeo rítmico de la luz que despertaba su curiosidad; las imágenes rotaban como si el cristal refractase los colores del espectro emitidos por aquel satélite desconocido entre las órbitas de Júpiter, o de Saturno, quizás... Vagamente pensó que podría tratarse de un mensaje cifrado. ¿Cómo decodificar esas señales luminosas? ¿Acaso esperaban su propia respuesta desde aquella luna que rotaba sin definirse a la zaga de dos planetas distintos?

Corrigió la posición y volvió a mirar detenidamente el cosmos que se ofrecía en toda su magnificencia astral y entonces recibió, esta vez, haces de luces continuas que parecían conectarse con su telescopio desde distancias siderales. Una fuerza poderosa la atraía hacia el interior del cilindro y vio su rostro reflejado en el espejo cóncavo, luego su cuerpo que, paulatinamente, iba integrándose a esa imagen, girando en un torbellino de anillos multicolores. Supo por un instante que desde aquella luna remota habían recibido su aprobación y estaban activando su despegue (la estaban guiando), tal vez seres tan obstinados como ella que exploraban el universo buscando contactos más allá de los límites de su orbe, Absorta en su propia migración sintió que se iba amalgamando con aquella luz que la atraía como un imán y se incorporaba a sus destellos. A partir de esa síntesis tuvo la tenue impresión, tal vez subliminal, de que su energía se perpetuaba irreversiblemente al prolongarse en el espacio sin límites, venciendo las fugas sigilosas del tiempo, hasta que su pensamiento se fue desvaneciendo lentamente y la lámpara del ático comenzó a emitir señales intermitentes como si fuera un faro, mostrando un sillón vacío, la pava caída sobre la mecha empapada y el telescopio solitario, interrogando al cielo.
Me falta el caballo; aunque creo que yo lo llevaría suelto y como acompañante en mis paseos. Bueno, si me permitiera subirme a tramos se lo agradecería... pero yo a él no, je, je.
Se percibe tu amor a los equinos y un aire de trotar por libertades.
Me gustó esta ventana en prosa y reposada que amalgama suelos y firmamentos... ¿viajes astrales quizás?
Me encantó.
Un abrazo, May... desde este puntito del orbe.
 
Acabo de descubrir tu comentario que agradezco con alegría. A veces me escapo y demoro en regresar hasta que una imagen o una palabra bella me invitan a escribir. Cuando era pequeña andaba a caballo por esos campos... En esa época leía ciencia ficción con sumo interés, ya ves que has acertado con tus dichos. Saludos, Alonso.
 



El retrato que un dibujante de su pueblo le hiciera a los veinte años dominaba el salón como una expresión clara de su íntimo anhelo. “Este será mi referente exclusivo”, -se repetía Marcela sonriendo, mientras pegaba papeles sobre los cristales delatores de un tiempo fugitivo. Era mejor salir al parque y mirar los aromos y cerezos que renovaban cíclicamente la esperanza con su exuberante floración. Junto a la fuente había un jaulón blanco y desde allí las avecillas festejaban la tarde con animados gorjeos, ajenas a su cautiverio."También yo soy prisionera de un proyecto", -se dijo- y levantó la pequeña puerta para que los pájaros estrenasen la libertad. Siguió el vuelo con ternura, mientras se perdían en el bosque de pinos que bajaba hasta la playa, recortando retazos de cielo y océano unidos en un horizonte azul, leal a sus deseos imperiosos de infinito.
Los denodados esfuerzos para dominar el tiempo y el espacio parecían haber alcanzado su meta como la imagen que le devolvía el espejo cóncavo del telescopio. Tantos años de investigación solitaria en aquel ático se concretaban al fin en el punto luminoso que se encendía con insistencia en la lente del ocular. Habría que filtrar una pequeña desviación cromática y el éxito de su proyecto sería completo. Solo faltaba interpretar la señal tan esperada que llegaba noche a noche con auspiciosos destellos intermitentes. Lejos estaba el momento en que decidió esconder los relojes como una ingenua rebeldía contra la marcha incesante de las horas. Sin embargo, Marcela prefería no subir a su mirador tan temprano y se alegró al descubrir a Pancho atado al palenque: era un zaino manso que el puestero alquilaba para el paseo de los escolares que visitaban el pueblo; ella le permitía guardarlo en su campo y tenía libertad para correr con él por la orilla del mar mientras brillara el sol; estaba tan cerca el ocaso que sería una espectadora privilegiada de la ceremonia crepuscular. Todo el esplendor de granates, rosas y dorados perfilaron su silueta al galope con la magia matizada de las luces, y ella tuvo la ilusión de que esa estampa en movimiento podría regresar con la periodicidad de las mareas. Acarició el lomo del caballo y se tendió en la arena hasta que el lucero se dibujó en el azul profundo del firmamento. Era una noche fantástica y avanzó hacia ella ascendiendo por la escala del ático.
Se acercó al trípode y ajustó el buscador hasta encontrar el campo estelar, jugó con las constelaciones un largo rato y dibujó las coordenadas para localizar un punto en el espacio, mientras sobre el pequeño mechero la pava silbaba con estridencia, anunciando el momento de saborear ese té exquisito que renovaba sus energías.
Regresó a su sillón giratorio y apretó el pedal de ascenso, localizando la zona planetaria con el diafragma ampliado de su telescopio. Aquella pequeña luna que había descubierto un año antes ocupó el foco de la lente y Marcela volvió a sentir el leve magnetismo con el parpadeo rítmico de la luz que despertaba su curiosidad; las imágenes rotaban como si el cristal refractase los colores del espectro emitidos por aquel satélite desconocido entre las órbitas de Júpiter, o de Saturno, quizás... Vagamente pensó que podría tratarse de un mensaje cifrado. ¿Cómo decodificar esas señales luminosas? ¿Acaso esperaban su propia respuesta desde aquella luna que rotaba sin definirse a la zaga de dos planetas distintos?

Corrigió la posición y volvió a mirar detenidamente el cosmos que se ofrecía en toda su magnificencia astral y entonces recibió, esta vez, haces de luces continuas que parecían conectarse con su telescopio desde distancias siderales. Una fuerza poderosa la atraía hacia el interior del cilindro y vio su rostro reflejado en el espejo cóncavo, luego su cuerpo que, paulatinamente, iba integrándose a esa imagen, girando en un torbellino de anillos multicolores. Supo por un instante que desde aquella luna remota habían recibido su aprobación y estaban activando su despegue (la estaban guiando), tal vez seres tan obstinados como ella que exploraban el universo buscando contactos más allá de los límites de su orbe, Absorta en su propia migración sintió que se iba amalgamando con aquella luz que la atraía como un imán y se incorporaba a sus destellos. A partir de esa síntesis tuvo la tenue impresión, tal vez subliminal, de que su energía se perpetuaba irreversiblemente al prolongarse en el espacio sin límites, venciendo las fugas sigilosas del tiempo, hasta que su pensamiento se fue desvaneciendo lentamente y la lámpara del ático comenzó a emitir señales intermitentes como si fuera un faro, mostrando un sillón vacío, la pava caída sobre la mecha empapada y el telescopio solitario, interrogando al cielo.

Me gusta como esta escrito. Felicidades!!!
 
La conclusión es inquietante, como si Marcela se fusionara con ese misterio cósmico, perdiendo su identidad, pero a la vez alcanzando una forma de trascendencia. Me deja con la sensación de que algo más grande está sucediendo, pero que no podemos comprender completamente. Gusto leerte :)
 

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