Viento de américa
Poeta adicto al portal
Con 52 años colgando de mi cuerpo.
Trotando -a lo que yo llamo correr-
para evitar que se me vaya
lo que me queda de vida:
el tobillo se va rumbo al norte
-¿será el noroeste?,
¡tristes aprendizajes de geografía!-;
la cadera dislocada se escurre
a donde se le da la gana;
los brazos, torpes en su viaje de epilépticos;
el corazón... ¡las lajas del corazón!...
¿alguien lo ha visto?;
y el cerebro,
con una cicatriz en forma de equis
como estigma,
averiado por el golpe
de un aciago agosto,
da órdenes a los miembros en rebeldía,
sin embargo, todos hacen caso omiso.
¿Síndrome Frankenstein?
No, sólo un gato negro
al que le queda una de sus siete vidas,
¡la séptima ya no es suya
ha mucho tiempo!
Trotando -a lo que yo llamo correr-
para evitar que se me vaya
lo que me queda de vida:
el tobillo se va rumbo al norte
-¿será el noroeste?,
¡tristes aprendizajes de geografía!-;
la cadera dislocada se escurre
a donde se le da la gana;
los brazos, torpes en su viaje de epilépticos;
el corazón... ¡las lajas del corazón!...
¿alguien lo ha visto?;
y el cerebro,
con una cicatriz en forma de equis
como estigma,
averiado por el golpe
de un aciago agosto,
da órdenes a los miembros en rebeldía,
sin embargo, todos hacen caso omiso.
¿Síndrome Frankenstein?
No, sólo un gato negro
al que le queda una de sus siete vidas,
¡la séptima ya no es suya
ha mucho tiempo!