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Invierno en las Covachuelas

Tema en 'Poesía Visual' comenzado por Osidiria, 4 de Mayo de 2016. Respuestas: 0 | Visitas: 798

  1. Osidiria

    Osidiria Poeta asiduo al portal

    Se incorporó:
    28 de Noviembre de 2014
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    Éramos casi una pareja normal, de esas con documentos oficiales firmados,
    colección de bendiciones llegadas por correo certificado de por aquí y por allá,
    apretones de manos hasta gangrenar los dedos, sonrisas de caras desconocidas
    que casi te rompen en dos con sus abrazos y regalos inservibles por todos los rincones lamiendo sus heridas
    y amontonados bajo capas y capas de silencio en el fondo de un cajón.
    Vivíamos en el Barrio de Las Covachuelas junto a las murallas del Arrabal,
    bajo un cielo limpio y sereno, al auxilio de la sabiduría de los siglos
    que habían dotado de un carácter sereno y paciente a esta ciudad,
    en una casa antigua pero recién rehabilitada, muy bonita y coqueta,
    en la calle Trinitarios, donde la noche tenía su armario
    y guardaba la luz con la que encendía con su aliento las estrellas.
    Fue durante un frío invierno a principios de los 80
    y hasta los primeros bostezos de una nueva primavera
    que ya apuntaba maneras en todas las comidillas de la ciudad,
    un olor a vida nueva rebosaba las aceras de las calles
    y de las ramas de las arboles colgaban las ansias de vivir como guirnaldas en navidad.
    Nuestra casa estaba muy cerca del Tajo, en el punto donde sus aguas bajan crecidas
    con los aires de gloria y solemnidad de la capital, y a la caída de la tarde,
    el susurro del fluir de sus aguas se arremolinaban detrás de los cristales de nuestra casa, buscando quizá,
    el calor de hogar al amparo de nuestras cuerpos enamorados.
    Pero cuando las flores despuntaban en parques y jardines,
    un mal día ella salió sin decir nada, cruzo en silencio el umbral de la puerta y se fue,
    metió en su maleta el hueco vacío que dejó en mi cama,
    el olor a tostadas recién hechas para el desayuno
    y dejó mis ojos en negro como la pantalla apagada de un reloj digital,
    ni siquiera dejó una dirección escrita en el aire, nada,
    solo un vacío bajo mis pies tan profundo con un tumba abierta,
    como una garganta hueca por donde resuenan los ecos de una voz muerta,
    en sus notas de voz lo único que se oía era el batir de las olas
    de una tormenta en un vaso de agua, el canto a réquiem por una batalla perdida,
    la mirada perdida de una estatua de sal.
    Siempre fue muy suya, y supe de inmediato que era del todo inútil intentar encontrarla,
    ella borraba cada noche sus huellas y ponía mucho empeño
    en esconder sus sueños detrás de una estrella sin nombre,
    siempre viajaba de incógnito, nunca con su verdadero yo,
    en las fronteras la conocían como la mujer sin rostro,
    la Dama de ojos tristes, sin patria ni bandera que sale y entra
    cuando todos andan haciendo apuestas preguntándose a dónde va,
    En el poco tiempo que vivimos juntos logré averiguar algunos misterios que la rodeaban,
    pocos, muy pocos, era extremadamente celosa con su vida privada,
    pero supongo, que aún así podría arrojar un poco de luz sobre su verdadera identidad,
    y aunque sólo sea a grandes rasgos es lo que voy a intentar en las siguientes páginas.




     
    #1
    Última modificación: 4 de Mayo de 2016

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