Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Como todos los días, mis ojos te buscan
en la acera de siempre,
donde lo ordinario se vuelve escena
de nuestras miradas furtivas.
Hoy, entre el gentío que se desliza
como río entre piedras,
tu sonrisa se escapa,
libre y fugaz,
como paloma sorprendida
por el viento de la tarde.
¿Qué sería de mí, si te invitara a un café?
¿Cambiaría el peso de este aire,
las sombras entre los árboles,
la música que suena lejana y sin embargo tan cerca?
Imagino la mesa pequeña, el rincón acogedor,
dos tazas humeantes entre confesiones y pausas,
tu voz desgranando el silencio,
mis nervios intentando sostener
la calma en la mirada.
Quizás hablaríamos de libros, de películas,
o de las pequeñas tragedias del día a día;
quizás sólo nos miraríamos,
encontrando en el café una excusa
para estudiar nuestros rostros
como quien estudia un mapa antes de un viaje.
Porque invitarte a un café es invitarte
a explorar el laberinto de lo posible,
a romper la rutina de las aceras paralelas,
a cruzar al fin la calle que nos separa
y encontrarnos, no como dos extraños
que comparten ciudad y soledades,
sino como quien comparte un secreto,
el inicio de una historia
donde cada sorbo nos acerque más
al calor que promete ser más que un breve encuentro.
Hoy, como todos los días,
te vi y algo en el aire cambió;
una invitación cuelga entre nosotros,
tan tangible y frágil como tu sonrisa
escapándose entre la gente.
Qué ganas de invitarte a un café,
de comenzar a conocernos
bajo la tenue luz de una tarde cualquiera,
transformando cada día ordinario
en nuestro extraordinario encuentro.
en la acera de siempre,
donde lo ordinario se vuelve escena
de nuestras miradas furtivas.
Hoy, entre el gentío que se desliza
como río entre piedras,
tu sonrisa se escapa,
libre y fugaz,
como paloma sorprendida
por el viento de la tarde.
¿Qué sería de mí, si te invitara a un café?
¿Cambiaría el peso de este aire,
las sombras entre los árboles,
la música que suena lejana y sin embargo tan cerca?
Imagino la mesa pequeña, el rincón acogedor,
dos tazas humeantes entre confesiones y pausas,
tu voz desgranando el silencio,
mis nervios intentando sostener
la calma en la mirada.
Quizás hablaríamos de libros, de películas,
o de las pequeñas tragedias del día a día;
quizás sólo nos miraríamos,
encontrando en el café una excusa
para estudiar nuestros rostros
como quien estudia un mapa antes de un viaje.
Porque invitarte a un café es invitarte
a explorar el laberinto de lo posible,
a romper la rutina de las aceras paralelas,
a cruzar al fin la calle que nos separa
y encontrarnos, no como dos extraños
que comparten ciudad y soledades,
sino como quien comparte un secreto,
el inicio de una historia
donde cada sorbo nos acerque más
al calor que promete ser más que un breve encuentro.
Hoy, como todos los días,
te vi y algo en el aire cambió;
una invitación cuelga entre nosotros,
tan tangible y frágil como tu sonrisa
escapándose entre la gente.
Qué ganas de invitarte a un café,
de comenzar a conocernos
bajo la tenue luz de una tarde cualquiera,
transformando cada día ordinario
en nuestro extraordinario encuentro.