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El presentir y un hondo pesar
por inconcebible desdén
o el adargar del silencio,
cala más en el orgullo
que, en el propio sentimiento
con lágrimas secas
y el corazón inerte,
la razón sale a relucir...
de nada valen las disculpas,
cuando la actitud
es un desacierto.