Littera
Poeta asiduo al portal
A Eva Ángela Gómez
I
Solazando su tiempo en la pradera
entre los hombres la beldad primera
junto al dios que por Zeus engendrado
y de un carro de cisnes regalado
celos fuese a la linda primavera,
torció de aqueste el disco reluciente
de Eos y Astreo aquel alado hijo
que sopla frescas auras del Poniente
cuando no son sus cuerdas blanco fijo
de invidia fiera, hosca y maldiciente.
Torciolo, y vino el áurico instrumento
a matar a quien sólo herir debía
con la crueldad por voz y por acento,
mudando al joven de radiante día
en noche de cariz sanguinolento.
A sus pies el olímpico postrado,
un grito a otro unió desesperado,
en balde lágrimas vertiendo azules
por extraerlo del infame estado
donde sordo es el trino de bulbules.
Falto de fuerza, ahíto de impotencia,
solicitó a la tierra con urgencia
del humano organismo construyese
monumento de luz en que se viese
maravilla y amor en afluencia:
hízolo así la culta interpelada
y, en chupando de piel los mil y un poros,
germinó de la muerte flor bordada
con efusiones tantas como adoros,
ya por las mismas fieras estimada.
II
Presidiendo garbosa los jardines
ahora contempladla, dulce Eva,
ataviados sus labios de carmines
por enseñar mejor la sabia prueba
de que jamás se pierde la hermosura
si se halla bendecida por la altura.
Atisbad en su pétalo el lamento
de quien palabras, ósculos y arrullos
trocara por los néctares del viento,
al instante tomando como suyos
de las piernas de Flora sugerentes
los aromas y olores envolventes.
Bien el ojo extasiado en su presencia
movido del deseo tiembla y vibra,
bien la lengua que présaga sentencia
no alcanza a pronunciar compendio o cifra
capaz de trasladar al rico verbo
de su estambre lo lúcido y superbo.
Búscanla los cuitados amadores
bajo prurito intenso y codicioso
por afiligranar a sus amores
con realce perfecto y primoroso,
por que toquen siquiera con los dedos
cuanta virtud cantaron los aedos.
Miradla y deleitaos, niña mía,
captando la liviana y frágil forma
que custodia la sacra poesía,
que dicta y preceptúa aquesa norma
de regularidad y de cadencia
a quien la fausta lira reverencia.
Solazando su tiempo en la pradera
entre los hombres la beldad primera
junto al dios que por Zeus engendrado
y de un carro de cisnes regalado
celos fuese a la linda primavera,
torció de aqueste el disco reluciente
de Eos y Astreo aquel alado hijo
que sopla frescas auras del Poniente
cuando no son sus cuerdas blanco fijo
de invidia fiera, hosca y maldiciente.
Torciolo, y vino el áurico instrumento
a matar a quien sólo herir debía
con la crueldad por voz y por acento,
mudando al joven de radiante día
en noche de cariz sanguinolento.
A sus pies el olímpico postrado,
un grito a otro unió desesperado,
en balde lágrimas vertiendo azules
por extraerlo del infame estado
donde sordo es el trino de bulbules.
Falto de fuerza, ahíto de impotencia,
solicitó a la tierra con urgencia
del humano organismo construyese
monumento de luz en que se viese
maravilla y amor en afluencia:
hízolo así la culta interpelada
y, en chupando de piel los mil y un poros,
germinó de la muerte flor bordada
con efusiones tantas como adoros,
ya por las mismas fieras estimada.
II
Presidiendo garbosa los jardines
ahora contempladla, dulce Eva,
ataviados sus labios de carmines
por enseñar mejor la sabia prueba
de que jamás se pierde la hermosura
si se halla bendecida por la altura.
Atisbad en su pétalo el lamento
de quien palabras, ósculos y arrullos
trocara por los néctares del viento,
al instante tomando como suyos
de las piernas de Flora sugerentes
los aromas y olores envolventes.
Bien el ojo extasiado en su presencia
movido del deseo tiembla y vibra,
bien la lengua que présaga sentencia
no alcanza a pronunciar compendio o cifra
capaz de trasladar al rico verbo
de su estambre lo lúcido y superbo.
Búscanla los cuitados amadores
bajo prurito intenso y codicioso
por afiligranar a sus amores
con realce perfecto y primoroso,
por que toquen siquiera con los dedos
cuanta virtud cantaron los aedos.
Miradla y deleitaos, niña mía,
captando la liviana y frágil forma
que custodia la sacra poesía,
que dicta y preceptúa aquesa norma
de regularidad y de cadencia
a quien la fausta lira reverencia.