Lucio_
Poeta recién llegado
Despuntando sendas ciegas,
devuelvo el rostro
y respiro en el óvalo
del jazmín afilado.
Páramos de cristal armados en recuerdo
asfixian mi paso y sus hastiados dados.
En la ventana del camino revive y bulle
la cara del óvalo sin pintura.
Su aguda cadera se desborda en mi aliento
como la sonrisa de la juventud ante los limoneros desnudos,
como la ceguera del río,
como la intimidad rabiosa de los girasoles.
Mi pena deshojada, avispero tartamudo,
besa sus manos de cristales empañados
bajo las aspas que carcajean locas desde el recuerdo.
¡El deseo hambriento entre los metales sudorosos!
¡Doce llantos en los vidrios de su cabello!
¡Catedrales y mordiscos entre los brazos del alba!
¡Ardo, ardo!
Ardo y soy el poniente de cuerpo abierto.
Ardiendo soy la lágrima de todo tiempo.
En mí te afliges, muchacha, por ti,
por tanto jazmín quebrado.
devuelvo el rostro
y respiro en el óvalo
del jazmín afilado.
Páramos de cristal armados en recuerdo
asfixian mi paso y sus hastiados dados.
En la ventana del camino revive y bulle
la cara del óvalo sin pintura.
Su aguda cadera se desborda en mi aliento
como la sonrisa de la juventud ante los limoneros desnudos,
como la ceguera del río,
como la intimidad rabiosa de los girasoles.
Mi pena deshojada, avispero tartamudo,
besa sus manos de cristales empañados
bajo las aspas que carcajean locas desde el recuerdo.
¡El deseo hambriento entre los metales sudorosos!
¡Doce llantos en los vidrios de su cabello!
¡Catedrales y mordiscos entre los brazos del alba!
¡Ardo, ardo!
Ardo y soy el poniente de cuerpo abierto.
Ardiendo soy la lágrima de todo tiempo.
En mí te afliges, muchacha, por ti,
por tanto jazmín quebrado.
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