Évano
Libre, sin dioses.
—¿Por qué le das dinero? Las mafias se aprovechan de estas personas. Creo que así lo único que consigues es incentivar el mal —Andrés miró de lado a Jesús, expandiendo la comisura del labio derecho hacia la oreja y zigzagueando la cabeza en tono desaprobador.
Jesús continuó caminando, con la mirada gacha y los ojos perdidos en la acera transitadísima del centro de la ciudad, esquivando a los pies que se abalanzaban sobre él. A penas a cien metros del hombre al que había dado cinco euros de limosna, otra mujer, de rodillas, extendía una lata, con unos céntimos en su fondo.
—¡Ahí tienes a otra! Si quieres puedes darle otros cinco euros, y continuar hasta que te arruines, porque en esta calle vas a encontrar a mucha gente pidiendo dinero —comentó Andrés, burlonamente.
Jesús se detuvo, se inclinó para masajearse esa rodilla dañada en la infancia, y observó el establecimiento en el que pedía caridad: era un administración de loterías. Decenas de personas hacían cola para jugar a las quinielas, euromillón, bonoloto, la primitiva y demás juegos de azar. Sacó su cartera, extrayendo de ella todos sus billetes, y se los entregó a la mujer. Esta se levantó. Contó el dinero, los más de cuatrocientos euros y, con serenidad asombrosa, se inclinó para besar las manos de Jesús, el cual las retiró rápidamente, besándola en las mejillas. Andrés asistía atónito a la escena, pensando si le quitaba el dinero a la pedigüeña. Una mirada a su amigo le hizo desistir de tal idea.
—Dios os lo pague —dijo la mujer, mientras se marchaban los dos amigos.
—Dios ya me lo ha pagado —contestó Jesús.
"No sé qué coño te ha pagado Dios —se decía Andrés—. Estás viviendo con tu madre y no tienes dónde caerte muerto, y encima le das a una desconocida la paga entera de la ayuda que la seguridad social te asigna cada mes. ¡Menudo gilipollas! Pues yo no pienso darte ni cinco, ni un miserable cigarrillo. ¿Que te den! ¡Ahí te quedas!
—Me voy, Jesús, estoy harto de tus idioteces. Ya nos veremos.
—Vale, hasta otra Andrés. Ya nos veremos.
Andrés aceleró el paso, perdiéndose entre el gentío, mientras, Jesús desaceleraba y ojeaba la multitud de tiendas: las joyerías, las tiendas de abrigos de piel, zapaterías de alto standing, de cosmética... En todas entraban y salían personas que iban a lo suyo, sin mirarse unas a otras. Se detuvo ante una gran cristalera de unos grandes almacenes. Ojeó su rostro envejecido, a pesar de sus cuarenta y siete años. Observó su chaqueta de piel desgastada, tributo de unos años mejores. Se tocó los pantalones de pana negra que tanto le gustaban y que siempre llevaba, al igual que sus botas de montaña. En frente había un maniquí vestido a la moda y pensó cuán diferente se veía en relación a los demás. ¿Serían los demás tal como él los veía? ¿Realmente eran tan egoístas, tan insolidarios? Él no acabaría como ellos, antes la muerte. Él no aceptaría ver a gente arrodillada pidiendo limosna mientras otros compraban oro y abrigos de visón. No, jamás sería como ellos, esa época ya acabó.
Una señora mayor, bien trajeada, que salía de espaldas de los grandes almacenes, tropezó con él, tirándole las gafas. Varias piernas pasaron y las pisaron, quedando destrozadas. Ni un perdón, tan sólo una mirada de rabia, como si la culpa hubiera sido del mismo Jesús. El marido la cogió del codo y se marcharon. Nadie se paró. Nadie preguntó. Ahora el maniquí del aparador se desdibujaba en siluetas difusas. La miopía y el astigmatismo de Jesús no eran demasiado, pero lo necesario para que de lejos no reconociera a nada ni a nadie.
Con dificultad, se dirigió a la estación de metro y tomó un tren con dirección a su pueblo. Quizá no debería haberse dejado convencer por Andrés para ir a dar una vuelta a Barcelona. El día había sido nefasto, sobre todo por las gafas; si se le hubiesen roto antes no le hubiera dado tanta limosna a esa pobre mujer. Ahora debería esperar un mes para ir al oculista y mandar hacerse otras. ¿Qué le diría a su madre?
El tren recorría la costa en dirección al norte. Por las playas corrían perros detrás de pelotas y palos lanzados por sus dueños. Varias personas, a lo largo del recorrido, leían sobre las rocas que defendían las vías del tren del agua y la arena. El sol del mediodía entraba por las ventanillas mientras los cristales defendían del viento frío de octubre. Era una sensación agradable. Miró al resto de los viajeros y pensó que si trazara líneas imaginarias que partieran de los ojos de estos, increíblemente, ninguna coincidiría. ¿Tanta vida se hallaba, en sus interiores, para no necesitar a nadie? Volvió a mirar la serenidad de las olas del Mediterráneo, sus diferentes vaivenes azulados, las arenas y las rocas y a esas cuántas personas desperdigadas a lo largo del trayecto, jugando, leyendo, paseando en bicicleta, caminando...
El altavoz del tren de cercanías le comunicó que había llegado a su destino. Se bajó y anduvo la poca distancia hasta su casa. Su madre, al verlo entrar preocupado y sin gafas, se acercó y lo abrazó.
—Ves a ver a Pedro, te fiará unas gafas. Ya las pagaremos a plazos —le susurró al oído.
—Mamá, el dinero del paro...
—No te preocupes, hijo, ya te dije que no era buena idea la de ir a Barcelona. Tú no puedes ver tantas injusticias. Pero no importa, no vamos a salir de pobres y seguro que a la persona que se lo hayas dado le hará más falta que a ti. Vamos a comer; te he preparado los fideos a la cazuela que tanto te gustan.
Helena conocía bien a su hijo, sus nulas aspiraciones materiales. Sabía de su espiritualidad, de su bondad; pero también de la imposibilidad de llevarle la contraria en los actos que realizaba. Su hijo no andaba con los pies en el suelo, eso era evidente. Jamás contaría con su ayuda monetaria, pero no le importaba, la poca pensión de ella les era suficiente para sobrevivir. Lo que sí era causa de onda preocupación es lo que ocurriría si ella muriese: ¿quién se haría cargo de él? ¿A qué aspiraba en la vida? Ya había llorado demasiado ante estas preguntas y desistido de encarrilar a su hijo. Disfrutaría de él el tiempo que le fuera concedido.
Las noticias de la televisión entraban amontonadas en la mente de jesús: guerras, violencias de género, hambrunas, manifestaciones, desempleo... E intercaladas con otras noticias de grandes fortunas, despilfarros administrativos, corrupciones de todo tipo... entraban mezclabas y amontonadas con cada cucharada de fideos a la cazuela, con las alcachofas, con la carne, con las patatas, con el pan, con la ensalada, con el agua y con la fruta.
Helena lo miraba compasiva, entendiendo la actitud de su hijo. Si se piensa bien él no es el raro, se decía. Él intenta hacer algo. ¿Es mejor permanecer impasible ante estas noticias o intentar aportar cada uno su granito de arena?
La tarde penetraba por el balcón del primer piso, iluminando el pequeño y agradable comedor. Pronto empezaría la novela. Jesús se echaría la siesta y ella vería otro capítulo de "El secreto de Puente Viejo", su casi única distracción, junto con la de tejer bufandas de lana que regalaba. Se acercaba a los ochenta años y aún mantenía buena vista. Besó en la frente a su hijo, cuando este marchaba a su habitación, y a la fotografía de su marido y su hija fallecida la estrechó entre sus pechos, besándola igualmente y volviéndola a dejar al lado del televisor. Retiró los cubiertos, los platos de la mesa y el mantel y se sentó a ver su telenovela.
Cuando Jesús despertó de la siesta, se encontró a su madre sentada en el sofá, inmóvil. Estaba muerta.
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Jesús continuó caminando, con la mirada gacha y los ojos perdidos en la acera transitadísima del centro de la ciudad, esquivando a los pies que se abalanzaban sobre él. A penas a cien metros del hombre al que había dado cinco euros de limosna, otra mujer, de rodillas, extendía una lata, con unos céntimos en su fondo.
—¡Ahí tienes a otra! Si quieres puedes darle otros cinco euros, y continuar hasta que te arruines, porque en esta calle vas a encontrar a mucha gente pidiendo dinero —comentó Andrés, burlonamente.
Jesús se detuvo, se inclinó para masajearse esa rodilla dañada en la infancia, y observó el establecimiento en el que pedía caridad: era un administración de loterías. Decenas de personas hacían cola para jugar a las quinielas, euromillón, bonoloto, la primitiva y demás juegos de azar. Sacó su cartera, extrayendo de ella todos sus billetes, y se los entregó a la mujer. Esta se levantó. Contó el dinero, los más de cuatrocientos euros y, con serenidad asombrosa, se inclinó para besar las manos de Jesús, el cual las retiró rápidamente, besándola en las mejillas. Andrés asistía atónito a la escena, pensando si le quitaba el dinero a la pedigüeña. Una mirada a su amigo le hizo desistir de tal idea.
—Dios os lo pague —dijo la mujer, mientras se marchaban los dos amigos.
—Dios ya me lo ha pagado —contestó Jesús.
"No sé qué coño te ha pagado Dios —se decía Andrés—. Estás viviendo con tu madre y no tienes dónde caerte muerto, y encima le das a una desconocida la paga entera de la ayuda que la seguridad social te asigna cada mes. ¡Menudo gilipollas! Pues yo no pienso darte ni cinco, ni un miserable cigarrillo. ¿Que te den! ¡Ahí te quedas!
—Me voy, Jesús, estoy harto de tus idioteces. Ya nos veremos.
—Vale, hasta otra Andrés. Ya nos veremos.
Andrés aceleró el paso, perdiéndose entre el gentío, mientras, Jesús desaceleraba y ojeaba la multitud de tiendas: las joyerías, las tiendas de abrigos de piel, zapaterías de alto standing, de cosmética... En todas entraban y salían personas que iban a lo suyo, sin mirarse unas a otras. Se detuvo ante una gran cristalera de unos grandes almacenes. Ojeó su rostro envejecido, a pesar de sus cuarenta y siete años. Observó su chaqueta de piel desgastada, tributo de unos años mejores. Se tocó los pantalones de pana negra que tanto le gustaban y que siempre llevaba, al igual que sus botas de montaña. En frente había un maniquí vestido a la moda y pensó cuán diferente se veía en relación a los demás. ¿Serían los demás tal como él los veía? ¿Realmente eran tan egoístas, tan insolidarios? Él no acabaría como ellos, antes la muerte. Él no aceptaría ver a gente arrodillada pidiendo limosna mientras otros compraban oro y abrigos de visón. No, jamás sería como ellos, esa época ya acabó.
Una señora mayor, bien trajeada, que salía de espaldas de los grandes almacenes, tropezó con él, tirándole las gafas. Varias piernas pasaron y las pisaron, quedando destrozadas. Ni un perdón, tan sólo una mirada de rabia, como si la culpa hubiera sido del mismo Jesús. El marido la cogió del codo y se marcharon. Nadie se paró. Nadie preguntó. Ahora el maniquí del aparador se desdibujaba en siluetas difusas. La miopía y el astigmatismo de Jesús no eran demasiado, pero lo necesario para que de lejos no reconociera a nada ni a nadie.
Con dificultad, se dirigió a la estación de metro y tomó un tren con dirección a su pueblo. Quizá no debería haberse dejado convencer por Andrés para ir a dar una vuelta a Barcelona. El día había sido nefasto, sobre todo por las gafas; si se le hubiesen roto antes no le hubiera dado tanta limosna a esa pobre mujer. Ahora debería esperar un mes para ir al oculista y mandar hacerse otras. ¿Qué le diría a su madre?
El tren recorría la costa en dirección al norte. Por las playas corrían perros detrás de pelotas y palos lanzados por sus dueños. Varias personas, a lo largo del recorrido, leían sobre las rocas que defendían las vías del tren del agua y la arena. El sol del mediodía entraba por las ventanillas mientras los cristales defendían del viento frío de octubre. Era una sensación agradable. Miró al resto de los viajeros y pensó que si trazara líneas imaginarias que partieran de los ojos de estos, increíblemente, ninguna coincidiría. ¿Tanta vida se hallaba, en sus interiores, para no necesitar a nadie? Volvió a mirar la serenidad de las olas del Mediterráneo, sus diferentes vaivenes azulados, las arenas y las rocas y a esas cuántas personas desperdigadas a lo largo del trayecto, jugando, leyendo, paseando en bicicleta, caminando...
El altavoz del tren de cercanías le comunicó que había llegado a su destino. Se bajó y anduvo la poca distancia hasta su casa. Su madre, al verlo entrar preocupado y sin gafas, se acercó y lo abrazó.
—Ves a ver a Pedro, te fiará unas gafas. Ya las pagaremos a plazos —le susurró al oído.
—Mamá, el dinero del paro...
—No te preocupes, hijo, ya te dije que no era buena idea la de ir a Barcelona. Tú no puedes ver tantas injusticias. Pero no importa, no vamos a salir de pobres y seguro que a la persona que se lo hayas dado le hará más falta que a ti. Vamos a comer; te he preparado los fideos a la cazuela que tanto te gustan.
Helena conocía bien a su hijo, sus nulas aspiraciones materiales. Sabía de su espiritualidad, de su bondad; pero también de la imposibilidad de llevarle la contraria en los actos que realizaba. Su hijo no andaba con los pies en el suelo, eso era evidente. Jamás contaría con su ayuda monetaria, pero no le importaba, la poca pensión de ella les era suficiente para sobrevivir. Lo que sí era causa de onda preocupación es lo que ocurriría si ella muriese: ¿quién se haría cargo de él? ¿A qué aspiraba en la vida? Ya había llorado demasiado ante estas preguntas y desistido de encarrilar a su hijo. Disfrutaría de él el tiempo que le fuera concedido.
Las noticias de la televisión entraban amontonadas en la mente de jesús: guerras, violencias de género, hambrunas, manifestaciones, desempleo... E intercaladas con otras noticias de grandes fortunas, despilfarros administrativos, corrupciones de todo tipo... entraban mezclabas y amontonadas con cada cucharada de fideos a la cazuela, con las alcachofas, con la carne, con las patatas, con el pan, con la ensalada, con el agua y con la fruta.
Helena lo miraba compasiva, entendiendo la actitud de su hijo. Si se piensa bien él no es el raro, se decía. Él intenta hacer algo. ¿Es mejor permanecer impasible ante estas noticias o intentar aportar cada uno su granito de arena?
La tarde penetraba por el balcón del primer piso, iluminando el pequeño y agradable comedor. Pronto empezaría la novela. Jesús se echaría la siesta y ella vería otro capítulo de "El secreto de Puente Viejo", su casi única distracción, junto con la de tejer bufandas de lana que regalaba. Se acercaba a los ochenta años y aún mantenía buena vista. Besó en la frente a su hijo, cuando este marchaba a su habitación, y a la fotografía de su marido y su hija fallecida la estrechó entre sus pechos, besándola igualmente y volviéndola a dejar al lado del televisor. Retiró los cubiertos, los platos de la mesa y el mantel y se sentó a ver su telenovela.
Cuando Jesús despertó de la siesta, se encontró a su madre sentada en el sofá, inmóvil. Estaba muerta.
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