Fuiste el preferido de quien es mi preferida.
Al igual que mis hermanos, envidiaba eso.
Es natural que no exista una misma medida
entre tantas opciones para dar los afectos.
De tanto oír historias a veces suelo verlas.
Una mezcla entre Poncharello y Tony Manero.
Clandestinas pruebas sin necesidad de leerlas.
Manos de barro impresas en bolsillos traseros.
Recuerdo verte bajar del auto a medio andar,
corriendo tras el arbitro en la cancha de al lado,
patrocinando mi incontenible deseo de volar,
tu impotencia al ver mi cuello marcado.
No te diste mucho tiempo para jugar.
Exceso de confianza de la que hiciste alarde.
Formaste demasiado temprano un hogar.
Te diste cuenta de ello demasiado tarde.
Mantienes con tus hijos una deuda moral.
Debiste renunciar a quien fuiste antes,
como casi cualquier ser humano normal.
Sin embargo te esfuerzas por salir adelante.
Pocos tienen la facultad de advertir el peligro,
pero te preocupas por mí cada vez que caigo.
Tienes la gracia de aparecer a veces de milagro
como si fuese tu destino defenderme de algo.
No te cansas de abrazar el mismo problema
de ese sentimiento que creí superado.
Te agradezco cuando no me hablas del tema
y tus intentos por mantenerme ocupado.
Cuando niño fuiste lo más parecido a un héroe.
Cuando grande eres lo más parecido a un padre.