musador
esperando...
Consuetudo, jus et norma loquendi
Estimados: pongo bajo la protección de esta frase de Horacio, a la que tanto recurre Eduardo Benot, este escrito.
Los fenómenos que nos ocupan en estos días, las zeuxis y azeuxis en la poesía, son fenómenos realmente complejos. Distintos y muy inteligentes autores han fracasado hasta hoy en sus intentos de establecer una teoría normativa que abarcara los diversos casos. Entusiasmados con algún aspecto del asunto, algunos se lanzaron a juzgar los versos de nuestros grandes poetas armados de novedosos criterios (en el caso de Eduardo Benot la dislocación acentual), pero tropezaron con la realidad de los poemas. Algunos (como Felipe Robles Dégano) simplificaron el problema, dando por sentado que las causas incidentes en el fenómeno se limitaban a la calidad de las vocales que se encontraban y sus acentos, desestimando la posición del encuentro en el verso o en la palabra. Solo para explicar algunos casos particulares, como las diéresis en «suave» y «cruel», admiten que las consonantes en torno al encuentro de vocales pueden incidir en como se resuelva. Los recursos informáticos recién comienzan a usarse con éxito en el análisis de este asunto, pero están muy lejos de fundamentar reglas. Sospecho, sinceramente, que el día en que tales reglas existan serán tantas y tan complejas que nadie podrá memorizarlas. «¡Milagro!», exclamará entonces el aprendiz de poeta: «¡tengo oído!». El oído, su maravillosa integración con el cerebro, es el verdadero árbitro en estos asuntos. Lamentamos quizás que algún gran poeta no haya escrito un tratado sobre métrica, basándose en su experiencia en la composición. Vano lamento de sordos: la obra de los poetas es un tratado de métrica, ahí debemos buscar sus opiniones sobre este tema, ahí debemos buscar los consejos de su oído.
Carezco de formación en fonética y fonología como para discutir con sus criterios estos asuntos, aunque mi formación científica y mis lecturas me permiten apreciar críticamente los problemas de la teoría y sus ventisqueros epistemológicos. No tendré, por tanto, la soberbia de tratar de intervenir en la discusión acerca de las causas de estos fenómenos.
Sin embargo, me considero bastante bueno midiendo versos, no osaría hacer lo que hago en el Taller si así no fuera, tampoco publicaría de vez en cuando algún poema. Es decir que, íntimamente, aplico algunas reglas (no presumo de tener un gran oído, aunque lo he entrenado bastante). Como tengo bastante presente mi aprendizaje en este terreno (que es relativamente reciente), creo poder transmitir a los usuarios algo de lo que mi experiencia me enseñó, tratando de no repetir por boca de ganso principios cuya autoridad sé escasa.
Descartadas las causas por las razones antedichas, es decir la fragilidad de la teoría y mi incompetencia en ella, ¿qué fundamento doy a las reglas que uso?: la enseñanza de los grandes poetas. A esa enseñanza propongo que nos remitamos. Sinceramente, creo que es el recurso que practican la generalidad de los poetas, salvo los contados casos en que tienen formación específica, que los hay.
Por eso insistí en los dos escritos que presenté hasta el momento en la fundamentación estadística de las normas. Si vamos a proponer normas para valorar la métrica de los poetas noveles, creo que estas normas deben ser lo suficientemente amplias como para considerar APTOS la amplísima mayoría de los versos de los poetas de nuestra lengua (algunos hay chuecos, por supuesto). Por eso, aunque a mí mismo me tiente la idea de poner normas más refinadas, insistiré en la necesidad de lograr primero este objetivo didáctico: establecer reglas suficientes para medir los versos, y que no rechacen los versos de nuestro acervo poético.
Creo que estas reglas mínimas que propongo podrían completarse con criterios más refinados en forma de consejos. En estos consejos podríamos explayarnos en cuestiones más delicadas. Me parece indispensable esta distinción entre reglas mínimas de la métrica y consejos estéticos para lograr que nuestra discusión sea fructífera.
En definitiva el objetivo de este escrito, motivado un poco por el escrito de Antonio pero en verdad fruto de mis cavilaciones durante la elaboración de los dos escritos que ya he presentado, pretende aportar a una metodología: creo que deberíamos centrarnos en establecer sencillas reglas mínimas, amplias y abarcativas, con el criterio irrenunciable de la frase de Horacio: las reglas deberían excluir una mínima parte de los versos de nuestra poesía. Más que recurrir a la autoridad de insignes prosodistas para fundamentar estas reglas, propongo fundamentarlas en esos versos.
abrazo
Jorge
Estimados: pongo bajo la protección de esta frase de Horacio, a la que tanto recurre Eduardo Benot, este escrito.
Los fenómenos que nos ocupan en estos días, las zeuxis y azeuxis en la poesía, son fenómenos realmente complejos. Distintos y muy inteligentes autores han fracasado hasta hoy en sus intentos de establecer una teoría normativa que abarcara los diversos casos. Entusiasmados con algún aspecto del asunto, algunos se lanzaron a juzgar los versos de nuestros grandes poetas armados de novedosos criterios (en el caso de Eduardo Benot la dislocación acentual), pero tropezaron con la realidad de los poemas. Algunos (como Felipe Robles Dégano) simplificaron el problema, dando por sentado que las causas incidentes en el fenómeno se limitaban a la calidad de las vocales que se encontraban y sus acentos, desestimando la posición del encuentro en el verso o en la palabra. Solo para explicar algunos casos particulares, como las diéresis en «suave» y «cruel», admiten que las consonantes en torno al encuentro de vocales pueden incidir en como se resuelva. Los recursos informáticos recién comienzan a usarse con éxito en el análisis de este asunto, pero están muy lejos de fundamentar reglas. Sospecho, sinceramente, que el día en que tales reglas existan serán tantas y tan complejas que nadie podrá memorizarlas. «¡Milagro!», exclamará entonces el aprendiz de poeta: «¡tengo oído!». El oído, su maravillosa integración con el cerebro, es el verdadero árbitro en estos asuntos. Lamentamos quizás que algún gran poeta no haya escrito un tratado sobre métrica, basándose en su experiencia en la composición. Vano lamento de sordos: la obra de los poetas es un tratado de métrica, ahí debemos buscar sus opiniones sobre este tema, ahí debemos buscar los consejos de su oído.
Carezco de formación en fonética y fonología como para discutir con sus criterios estos asuntos, aunque mi formación científica y mis lecturas me permiten apreciar críticamente los problemas de la teoría y sus ventisqueros epistemológicos. No tendré, por tanto, la soberbia de tratar de intervenir en la discusión acerca de las causas de estos fenómenos.
Sin embargo, me considero bastante bueno midiendo versos, no osaría hacer lo que hago en el Taller si así no fuera, tampoco publicaría de vez en cuando algún poema. Es decir que, íntimamente, aplico algunas reglas (no presumo de tener un gran oído, aunque lo he entrenado bastante). Como tengo bastante presente mi aprendizaje en este terreno (que es relativamente reciente), creo poder transmitir a los usuarios algo de lo que mi experiencia me enseñó, tratando de no repetir por boca de ganso principios cuya autoridad sé escasa.
Descartadas las causas por las razones antedichas, es decir la fragilidad de la teoría y mi incompetencia en ella, ¿qué fundamento doy a las reglas que uso?: la enseñanza de los grandes poetas. A esa enseñanza propongo que nos remitamos. Sinceramente, creo que es el recurso que practican la generalidad de los poetas, salvo los contados casos en que tienen formación específica, que los hay.
Por eso insistí en los dos escritos que presenté hasta el momento en la fundamentación estadística de las normas. Si vamos a proponer normas para valorar la métrica de los poetas noveles, creo que estas normas deben ser lo suficientemente amplias como para considerar APTOS la amplísima mayoría de los versos de los poetas de nuestra lengua (algunos hay chuecos, por supuesto). Por eso, aunque a mí mismo me tiente la idea de poner normas más refinadas, insistiré en la necesidad de lograr primero este objetivo didáctico: establecer reglas suficientes para medir los versos, y que no rechacen los versos de nuestro acervo poético.
Creo que estas reglas mínimas que propongo podrían completarse con criterios más refinados en forma de consejos. En estos consejos podríamos explayarnos en cuestiones más delicadas. Me parece indispensable esta distinción entre reglas mínimas de la métrica y consejos estéticos para lograr que nuestra discusión sea fructífera.
En definitiva el objetivo de este escrito, motivado un poco por el escrito de Antonio pero en verdad fruto de mis cavilaciones durante la elaboración de los dos escritos que ya he presentado, pretende aportar a una metodología: creo que deberíamos centrarnos en establecer sencillas reglas mínimas, amplias y abarcativas, con el criterio irrenunciable de la frase de Horacio: las reglas deberían excluir una mínima parte de los versos de nuestra poesía. Más que recurrir a la autoridad de insignes prosodistas para fundamentar estas reglas, propongo fundamentarlas en esos versos.
abrazo
Jorge
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