Justicia divina.

nacho28760

Poeta recién llegado
Ella partió, y le partió.
Y como redundancia a su marcha, se intentó suicidar.

Con una sobredosis de realidad,
ahogándose en lágrimas no escritas,
atragantándose en silencios venenosos,
atravesándose un poema muerto.

Pero llegó el invierno, con su frío,
y no sólo congeló el llanto, sino también el dolor.
Dejaba de vomitar sangre seca.

Y cuando por fin
comenzó a sonreírle al espejo
apareció ella, de vuelta.

Su reencuentro sería una operación a corazón abierto.

Pero, astuto él, decidió protegerse:
Coraza para el corazón,
armadura para el alma,
niebla para la vista,
y un escudo de recuerdos y fantasmas.

Y hasta el tiempo se paró
cuando se acercaron.
Y hasta los dioses se avergonzaron:
Él, cosido a tiritas daba pena,
ella, con penosa sonrisa resplandecía serena.

Como si tarea del cielo
fuera ajustar cuentas
con un rayo la partieron
en los mismos pedazos que él llevaba a cuestas.

Y entonces él, viéndola sin vida,
dejó de creer en la justicia divina.

Y se sintió absurdo;
por sí haberse protegido de ella,
y no haberla protegido del mundo.
 
Ella partió, y le partió.
Y como redundancia a su marcha, se intentó suicidar.

Con una sobredosis de realidad,
ahogándose en lágrimas no escritas,
atragantándose en silencios venenosos,
atravesándose un poema muerto.

Pero llegó el invierno, con su frío,
y no sólo congeló el llanto, sino también el dolor.
Dejaba de vomitar sangre seca.

Y cuando por fin
comenzó a sonreírle al espejo
apareció ella, de vuelta.

Su reencuentro sería una operación a corazón abierto.

Pero, astuto él, decidió protegerse:
Coraza para el corazón,
armadura para el alma,
niebla para la vista,
y un escudo de recuerdos y fantasmas.

Y hasta el tiempo se paró
cuando se acercaron.
Y hasta los dioses se avergonzaron:
Él, cosido a tiritas daba pena,
ella, con penosa sonrisa resplandecía serena.

Como si tarea del cielo
fuera ajustar cuentas
con un rayo la partieron
en los mismos pedazos que él llevaba a cuestas.

Y entonces él, viéndola sin vida,
dejó de creer en la justicia divina.

Y se sintió absurdo;
por sí haberse protegido de ella,
y no haberla protegido del mundo.
Hermosos versos admirable tus metáforas, encantada de leerte, un fuerte abrazo.
 
Ella partió, y le partió.
Y como redundancia a su marcha, se intentó suicidar.

Con una sobredosis de realidad,
ahogándose en lágrimas no escritas,
atragantándose en silencios venenosos,
atravesándose un poema muerto.

Pero llegó el invierno, con su frío,
y no sólo congeló el llanto, sino también el dolor.
Dejaba de vomitar sangre seca.

Y cuando por fin
comenzó a sonreírle al espejo
apareció ella, de vuelta.

Su reencuentro sería una operación a corazón abierto.

Pero, astuto él, decidió protegerse:
Coraza para el corazón,
armadura para el alma,
niebla para la vista,
y un escudo de recuerdos y fantasmas.

Y hasta el tiempo se paró
cuando se acercaron.
Y hasta los dioses se avergonzaron:
Él, cosido a tiritas daba pena,
ella, con penosa sonrisa resplandecía serena.

Como si tarea del cielo
fuera ajustar cuentas
con un rayo la partieron
en los mismos pedazos que él llevaba a cuestas.

Y entonces él, viéndola sin vida,
dejó de creer en la justicia divina.

Y se sintió absurdo;
por sí haberse protegido de ella,
y no haberla protegido del mundo.
Una cronología de sucesos que lleva a ese revelador final que deja suspiros, gran poema que disfruto, saludos cordiales.
 

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