La luna tierna y glamurosa esparce sus sacras semillas de pimienta sobre los campos resecos que claman al cielo en tinieblas por un poco de salutífera bendición diurna.Pero el imperio de la noche no tiene fin.Su hermana la muerte se pasea como un pavo de difunto plumaje por los sauces cuyo rumoroso movimiento obedece al oligárquico viento de las estepas del este.Entonces,saliendo de una casa de paja y con una tea de llama parturienta en la infinidad del firmamento nocturno,un viril hombre sale en busca de su mujer perdida:sonámbula por los efectos devastadores de la radiación del plenilunio.Intuyendo que ha de estar deambulando por el camposanto plagado de malvas con olor a muerto y frías cruces de mármol enmohecido se atavía con un frasco de agua bendita y un crucifijo colgando de un negro rosario de aclamaciones religiosas.Se espera este honesto campesino de cabellos canosos lo peor:la entrega total por parte de su fiel esposa del espíritu inmortal al príncipe de las tinieblas;el cual fermenta su aparición gélida bajo la forma soberbia de un caballero ataviado de helado traje en témpano reluciente.Cuando llega allí,al cementerio de aberrantes vahos de San Telmo,observa para su estupefacción cómo su consorte está copulando con el demonio en falsa apariencia humana.No pudiendo soportar la visión más,suelta la sacrosanta exclamación ¡Jesús!,y para su sorpresa el espectáculo decadente se difumina para caer en un precipicio de sueño del cual despierta:encontrándose desnudo en medio de un amarillento prado exudando el fogoso ardor de un sol estival y cruel que para su enferma memoria no se apagará nunca...preguntándose por el por qué de aquella alucinación que sedujo a sus delicados sentidos de hombre mortal,no encontrando sacrosanta respuesta ni en su vigoroso corazón engañado.