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LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO: LA CARTA QUE PETER PAN NO ESCRIBIÓ (A LOS REYES MAGOS)

José Hernández Meseguer

Poeta recién llegado
Este crío siempre anciano, destrozado, vetusto;
maltrecho por su propia ansiedad. Por su olvido.
Por la frustración, la ambigüedad y el desamor combusto.
Superviviente, a pedazos, de su propio holocausto.
Víctima ineludible de su pavoroso destino infausto.

Que surcase su pasado con pretérito brío,
aunque concluyó naufragando en los mares de Ulises.
Este efebo triste, de cabellos grises.
Este otro Odiseo sin Penélope, ni camino de regreso a Ítaca,
Este guerrero malherido por la vida;
por la aguja, por el clavo, por la estaca
que se empotra con encono en cada una de sus letras;
en el abismo oscuro de su mirada…

Este muchacho joven para resultar tan viejo,
este impúber que soñó los sueños, los cielos carmesíes del vencejo
nunca deseó crecer.
¿Quién, pues,
le preguntó a este desgastado Peter Pan
de anhelos de tela, de fantasías de tafetán,
de realidades de cemento y alquitrán,
qué quería ser?

El mundo, ahí afuera —siempre supo de su iniquidad—,
se desploma en cada verso,
a cada paso.
Camina ciego, deambula sin rumbo; camina calle abajo
de la mano incierta de la incierta oscuridad.
De la absurda mano de la cerrazón. De la mentira.
Se sujeta con ímpetu a la niebla de su propia locura.
Al horror. A la desventura.
A la ignominia, al rencor y al odio. El mundo, ahí afuera, gira y gira
en una excentricidad sin medida.
Y sin ni siquiera presentirlo, agónico, delira.

Queridos Reyes Magos, a este niño anciano no le gustó el regalo
de crecer.
Resultó ser una solemne putada, una ofrenda sin consulta.
Una dádiva injusta.
Un obsequio cruel.
Él necesitaba cualquier otra cosa; por ejemplo, un atardecer.
La caricia robada a la noche. Un sueño. Sólo un sueño
para no desfallecer;
únicamente un sueño en el que creer...
Él necesitaba los besos que el destino le negó,
aquellos que no dio;
el beso que, sin llegar a dar, en sus labios se incendió.

Él precisaba del tacto de la piel ardiente y trémula.
Del aroma que dejó olvidada la pasión dormida.
Del rescate del alma cautiva.
Del horizonte sereno. De la fábula
que imaginaron los bardos para sobrevivir. De la brújula
que equilibra a tiempo el tiempo de desatino y desconcierto.

Sí, precisó del acierto
oportuno en el instante en que todo fue incorrecto e inoportuno.
Del calor, de la intensidad de la complicidad; no de la leve y fugitiva
felicidad; no de la pertinaz, evolutiva
y recalcitrante soledad en el tiempo…
Él sólo buscaba los versos que imaginó, no los poemas que escribió.
Él sólo ansiaba morir algún día en besos,
no sucumbir anclado en los versos que su angustia fabricó.

Y así, la vida, que continuó galopando
como un maleficio, al mismo tiempo le fue olvidando.
Le fue dejando atrás. Muy atrás…
Dejó de hacerle guiños, reflejos.
Y sus colores, sus sueños de gaviota, sus ilusiones de vencejo
también huyeron lejos.
Para siempre. Para no regresar.
Y el niño que fue, el niño que era;
el niño que había sido, se quedó dormido en sus quimeras,
contando en sus poemas días y noches frías, contando primaveras,
oteando en el horizonte el color imposible del mar.

Esperando, vencido, la cometa de sus proyectos.
Y ella, que probablemente jamás había visto la luz,
que jamás existió,
y que a la vez el tiempo fue envejeciendo
en algún lugar de su ínfimo universo,
en algún lugar de su mente; sencillamente fue muriendo.

Murió de soledad en sus propias manos,
en su propio llanto,
en su propia bruma,
en su propia pluma,
en sus propios versos,
en su propio pasado imperfecto.
Murió. Sí, murió. Murió sin llegar a saberlo.
Sin llegar a conocerlo.

Y en la penumbra,
este niño anciano sigue preguntándose. Una pregunta,
aún hoy, continúa aleteando sobre la orilla
de su razón.
Y como una llama en la tiniebla, cabriola, relumbra…
¿Por qué, siempre, la misma carta?
¿Por qué, siempre, la misma astilla
desangrando letras sobre esta cuartilla?

¿Por qué, siempre, este tormento?
¿Por qué, siempre, el mismo argumento?
¿Por qué, siempre, el mismo poso; el mismo fermento
para mi desazón?
¿Por qué, siempre, esta desolación?
¿Por qué, siempre, el mismo infortunio?
¿Por qué, siempre, la misma manifestación?




José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad Del Silencio
Murcia, 23/ 29 de diciembre de 2014
 
Este crío siempre anciano, destrozado, vetusto;
maltrecho por su propia ansiedad. Por su olvido.
Por la frustración, la ambigüedad y el desamor combusto.
Superviviente, a pedazos, de su propio holocausto.
Víctima ineludible de su pavoroso destino infausto.

Que surcase su pasado con pretérito brío,
aunque concluyó naufragando en los mares de Ulises.
Este efebo triste, de cabellos grises.
Este otro Odiseo sin Penélope, ni camino de regreso a Ítaca,
Este guerrero malherido por la vida;
por la aguja, por el clavo, por la estaca
que se empotra con encono en cada una de sus letras;
en el abismo oscuro de su mirada…

Este muchacho joven para resultar tan viejo,
este impúber que soñó los sueños, los cielos carmesíes del vencejo
nunca deseó crecer.
¿Quién, pues,
le preguntó a este desgastado Peter Pan
de anhelos de tela, de fantasías de tafetán,
de realidades de cemento y alquitrán,
qué quería ser?

El mundo, ahí afuera —siempre supo de su iniquidad—,
se desploma en cada verso,
a cada paso.
Camina ciego, deambula sin rumbo; camina calle abajo
de la mano incierta de la incierta oscuridad.
De la absurda mano de la cerrazón. De la mentira.
Se sujeta con ímpetu a la niebla de su propia locura.
Al horror. A la desventura.
A la ignominia, al rencor y al odio. El mundo, ahí afuera, gira y gira
en una excentricidad sin medida.
Y sin ni siquiera presentirlo, agónico, delira.

Queridos Reyes Magos, a este niño anciano no le gustó el regalo
de crecer.
Resultó ser una solemne putada, una ofrenda sin consulta.
Una dádiva injusta.
Un obsequio cruel.
Él necesitaba cualquier otra cosa; por ejemplo, un atardecer.
La caricia robada a la noche. Un sueño. Sólo un sueño
para no desfallecer;
únicamente un sueño en el que creer...
Él necesitaba los besos que el destino le negó,
aquellos que no dio;
el beso que, sin llegar a dar, en sus labios se incendió.

Él precisaba del tacto de la piel ardiente y trémula.
Del aroma que dejó olvidada la pasión dormida.
Del rescate del alma cautiva.
Del horizonte sereno. De la fábula
que imaginaron los bardos para sobrevivir. De la brújula
que equilibra a tiempo el tiempo de desatino y desconcierto.

Sí, precisó del acierto
oportuno en el instante en que todo fue incorrecto e inoportuno.
Del calor, de la intensidad de la complicidad; no de la leve y fugitiva
felicidad; no de la pertinaz, evolutiva
y recalcitrante soledad en el tiempo…
Él sólo buscaba los versos que imaginó, no los poemas que escribió.
Él sólo ansiaba morir algún día en besos,
no sucumbir anclado en los versos que su angustia fabricó.

Y así, la vida, que continuó galopando
como un maleficio, al mismo tiempo le fue olvidando.
Le fue dejando atrás. Muy atrás…
Dejó de hacerle guiños, reflejos.
Y sus colores, sus sueños de gaviota, sus ilusiones de vencejo
también huyeron lejos.
Para siempre. Para no regresar.
Y el niño que fue, el niño que era;
el niño que había sido, se quedó dormido en sus quimeras,
contando en sus poemas días y noches frías, contando primaveras,
oteando en el horizonte el color imposible del mar.

Esperando, vencido, la cometa de sus proyectos.
Y ella, que probablemente jamás había visto la luz,
que jamás existió,
y que a la vez el tiempo fue envejeciendo
en algún lugar de su ínfimo universo,
en algún lugar de su mente; sencillamente fue muriendo.

Murió de soledad en sus propias manos,
en su propio llanto,
en su propia bruma,
en su propia pluma,
en sus propios versos,
en su propio pasado imperfecto.
Murió. Sí, murió. Murió sin llegar a saberlo.
Sin llegar a conocerlo.

Y en la penumbra,
este niño anciano sigue preguntándose. Una pregunta,
aún hoy, continúa aleteando sobre la orilla
de su razón.
Y como una llama en la tiniebla, cabriola, relumbra…
¿Por qué, siempre, la misma carta?
¿Por qué, siempre, la misma astilla
desangrando letras sobre esta cuartilla?

¿Por qué, siempre, este tormento?
¿Por qué, siempre, el mismo argumento?
¿Por qué, siempre, el mismo poso; el mismo fermento
para mi desazón?
¿Por qué, siempre, esta desolación?
¿Por qué, siempre, el mismo infortunio?
¿Por qué, siempre, la misma manifestación?




José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad Del Silencio
Murcia, 23/ 29 de diciembre de 2014


Buenas tardes José :

Un poema excelente, posee, cuanto el silencio frena, los sueños efímeros que pesan sobre el tiempo, la ambigüedad espesa para ingenuos, solo el libre poeta, se ciñe en la interpretación desmesurada y sutil.

Entre el hastío y la fantasía, existe esa magia de llegar a la meta sin limite, nadie te reta, solo tú vuelas a tu antojo, con los ojos cerrados , puede que a ratos, con los pies en la tierra, despierto, pero con somnolencia.

Un abrazo, por hacer posible, que sueñe, frente a la pantalla, con mis ojos bien abiertos y sin alas, para no perderme en la ambigüedad del silencio
 
Este crío siempre anciano, destrozado, vetusto;
maltrecho por su propia ansiedad. Por su olvido.
Por la frustración, la ambigüedad y el desamor combusto.
Superviviente, a pedazos, de su propio holocausto.
Víctima ineludible de su pavoroso destino infausto.

Que surcase su pasado con pretérito brío,
aunque concluyó naufragando en los mares de Ulises.
Este efebo triste, de cabellos grises.
Este otro Odiseo sin Penélope, ni camino de regreso a Ítaca,
Este guerrero malherido por la vida;
por la aguja, por el clavo, por la estaca
que se empotra con encono en cada una de sus letras;
en el abismo oscuro de su mirada…

Este muchacho joven para resultar tan viejo,
este impúber que soñó los sueños, los cielos carmesíes del vencejo
nunca deseó crecer.
¿Quién, pues,
le preguntó a este desgastado Peter Pan
de anhelos de tela, de fantasías de tafetán,
de realidades de cemento y alquitrán,
qué quería ser?

El mundo, ahí afuera —siempre supo de su iniquidad—,
se desploma en cada verso,
a cada paso.
Camina ciego, deambula sin rumbo; camina calle abajo
de la mano incierta de la incierta oscuridad.
De la absurda mano de la cerrazón. De la mentira.
Se sujeta con ímpetu a la niebla de su propia locura.
Al horror. A la desventura.
A la ignominia, al rencor y al odio. El mundo, ahí afuera, gira y gira
en una excentricidad sin medida.
Y sin ni siquiera presentirlo, agónico, delira.

Queridos Reyes Magos, a este niño anciano no le gustó el regalo
de crecer.
Resultó ser una solemne putada, una ofrenda sin consulta.
Una dádiva injusta.
Un obsequio cruel.
Él necesitaba cualquier otra cosa; por ejemplo, un atardecer.
La caricia robada a la noche. Un sueño. Sólo un sueño
para no desfallecer;
únicamente un sueño en el que creer...
Él necesitaba los besos que el destino le negó,
aquellos que no dio;
el beso que, sin llegar a dar, en sus labios se incendió.

Él precisaba del tacto de la piel ardiente y trémula.
Del aroma que dejó olvidada la pasión dormida.
Del rescate del alma cautiva.
Del horizonte sereno. De la fábula
que imaginaron los bardos para sobrevivir. De la brújula
que equilibra a tiempo el tiempo de desatino y desconcierto.

Sí, precisó del acierto
oportuno en el instante en que todo fue incorrecto e inoportuno.
Del calor, de la intensidad de la complicidad; no de la leve y fugitiva
felicidad; no de la pertinaz, evolutiva
y recalcitrante soledad en el tiempo…
Él sólo buscaba los versos que imaginó, no los poemas que escribió.
Él sólo ansiaba morir algún día en besos,
no sucumbir anclado en los versos que su angustia fabricó.

Y así, la vida, que continuó galopando
como un maleficio, al mismo tiempo le fue olvidando.
Le fue dejando atrás. Muy atrás…
Dejó de hacerle guiños, reflejos.
Y sus colores, sus sueños de gaviota, sus ilusiones de vencejo
también huyeron lejos.
Para siempre. Para no regresar.
Y el niño que fue, el niño que era;
el niño que había sido, se quedó dormido en sus quimeras,
contando en sus poemas días y noches frías, contando primaveras,
oteando en el horizonte el color imposible del mar.

Esperando, vencido, la cometa de sus proyectos.
Y ella, que probablemente jamás había visto la luz,
que jamás existió,
y que a la vez el tiempo fue envejeciendo
en algún lugar de su ínfimo universo,
en algún lugar de su mente; sencillamente fue muriendo.

Murió de soledad en sus propias manos,
en su propio llanto,
en su propia bruma,
en su propia pluma,
en sus propios versos,
en su propio pasado imperfecto.
Murió. Sí, murió. Murió sin llegar a saberlo.
Sin llegar a conocerlo.

Y en la penumbra,
este niño anciano sigue preguntándose. Una pregunta,
aún hoy, continúa aleteando sobre la orilla
de su razón.
Y como una llama en la tiniebla, cabriola, relumbra…
¿Por qué, siempre, la misma carta?
¿Por qué, siempre, la misma astilla
desangrando letras sobre esta cuartilla?

¿Por qué, siempre, este tormento?
¿Por qué, siempre, el mismo argumento?
¿Por qué, siempre, el mismo poso; el mismo fermento
para mi desazón?
¿Por qué, siempre, esta desolación?
¿Por qué, siempre, el mismo infortunio?
¿Por qué, siempre, la misma manifestación?




José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad Del Silencio
Murcia, 23/ 29 de diciembre de 2014
Una clásica poética, donde saca a luz los cuentos de antaño que se dicen nunca terminaron de ser escritos, muy original obra, bienvenido al foro, saludos
 
Este crío siempre anciano, destrozado, vetusto;
maltrecho por su propia ansiedad. Por su olvido.
Por la frustración, la ambigüedad y el desamor combusto.
Superviviente, a pedazos, de su propio holocausto.
Víctima ineludible de su pavoroso destino infausto.

Que surcase su pasado con pretérito brío,
aunque concluyó naufragando en los mares de Ulises.
Este efebo triste, de cabellos grises.
Este otro Odiseo sin Penélope, ni camino de regreso a Ítaca,
Este guerrero malherido por la vida;
por la aguja, por el clavo, por la estaca
que se empotra con encono en cada una de sus letras;
en el abismo oscuro de su mirada…

Este muchacho joven para resultar tan viejo,
este impúber que soñó los sueños, los cielos carmesíes del vencejo
nunca deseó crecer.
¿Quién, pues,
le preguntó a este desgastado Peter Pan
de anhelos de tela, de fantasías de tafetán,
de realidades de cemento y alquitrán,
qué quería ser?

El mundo, ahí afuera —siempre supo de su iniquidad—,
se desploma en cada verso,
a cada paso.
Camina ciego, deambula sin rumbo; camina calle abajo
de la mano incierta de la incierta oscuridad.
De la absurda mano de la cerrazón. De la mentira.
Se sujeta con ímpetu a la niebla de su propia locura.
Al horror. A la desventura.
A la ignominia, al rencor y al odio. El mundo, ahí afuera, gira y gira
en una excentricidad sin medida.
Y sin ni siquiera presentirlo, agónico, delira.

Queridos Reyes Magos, a este niño anciano no le gustó el regalo
de crecer.
Resultó ser una solemne putada, una ofrenda sin consulta.
Una dádiva injusta.
Un obsequio cruel.
Él necesitaba cualquier otra cosa; por ejemplo, un atardecer.
La caricia robada a la noche. Un sueño. Sólo un sueño
para no desfallecer;
únicamente un sueño en el que creer...
Él necesitaba los besos que el destino le negó,
aquellos que no dio;
el beso que, sin llegar a dar, en sus labios se incendió.

Él precisaba del tacto de la piel ardiente y trémula.
Del aroma que dejó olvidada la pasión dormida.
Del rescate del alma cautiva.
Del horizonte sereno. De la fábula
que imaginaron los bardos para sobrevivir. De la brújula
que equilibra a tiempo el tiempo de desatino y desconcierto.

Sí, precisó del acierto
oportuno en el instante en que todo fue incorrecto e inoportuno.
Del calor, de la intensidad de la complicidad; no de la leve y fugitiva
felicidad; no de la pertinaz, evolutiva
y recalcitrante soledad en el tiempo…
Él sólo buscaba los versos que imaginó, no los poemas que escribió.
Él sólo ansiaba morir algún día en besos,
no sucumbir anclado en los versos que su angustia fabricó.

Y así, la vida, que continuó galopando
como un maleficio, al mismo tiempo le fue olvidando.
Le fue dejando atrás. Muy atrás…
Dejó de hacerle guiños, reflejos.
Y sus colores, sus sueños de gaviota, sus ilusiones de vencejo
también huyeron lejos.
Para siempre. Para no regresar.
Y el niño que fue, el niño que era;
el niño que había sido, se quedó dormido en sus quimeras,
contando en sus poemas días y noches frías, contando primaveras,
oteando en el horizonte el color imposible del mar.

Esperando, vencido, la cometa de sus proyectos.
Y ella, que probablemente jamás había visto la luz,
que jamás existió,
y que a la vez el tiempo fue envejeciendo
en algún lugar de su ínfimo universo,
en algún lugar de su mente; sencillamente fue muriendo.

Murió de soledad en sus propias manos,
en su propio llanto,
en su propia bruma,
en su propia pluma,
en sus propios versos,
en su propio pasado imperfecto.
Murió. Sí, murió. Murió sin llegar a saberlo.
Sin llegar a conocerlo.

Y en la penumbra,
este niño anciano sigue preguntándose. Una pregunta,
aún hoy, continúa aleteando sobre la orilla
de su razón.
Y como una llama en la tiniebla, cabriola, relumbra…
¿Por qué, siempre, la misma carta?
¿Por qué, siempre, la misma astilla
desangrando letras sobre esta cuartilla?

¿Por qué, siempre, este tormento?
¿Por qué, siempre, el mismo argumento?
¿Por qué, siempre, el mismo poso; el mismo fermento
para mi desazón?
¿Por qué, siempre, esta desolación?
¿Por qué, siempre, el mismo infortunio?
¿Por qué, siempre, la misma manifestación?




José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad Del Silencio
Murcia, 23/ 29 de diciembre de 2014


Y porque la vida pasa muy deprisa,
en mis versos quiero dejarlo reflejado,
y porque el día a día,
para mí, van muy despacio...
Un placer haber pasado, un beso.

Bienvenido al Mundopoesía.
 
Excelente , reflexivo , contemplativo , muy bien versado en esa ambiguedad , esa doble identidad en el tiempo , niño y anciano, siempre quedan cosas por decir , decisiones por tomar, no se puede vivir por vivir y mucho menos sin entregar verdadero amor. Felicitaciones , placer leerte. cordiales saludos.
 

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