Qué vergüenza me da de la osadía
de intentar que mi amor te contagiara,
de creerme elegido por la luz
para brillar en la estación de estío.
Mi arrogante postura en la mañana
no previno el declive de sus horas
y cuando me alcanzó la despedida
no estaba preparado para esa oscuridad,
intrusa en el instante
que aún sobrevivía en la retina
de honda claridad, de mediodía
clavado vertical sobre la infancia
y las sienes manchadas de descuido.
Perdóname. Mi mano se acercaba
para cubrir el rostro de la luna
y esa ceguera artificial me hacía
creer que en el presente estaba aún
el pasado, la línea colorada
donde se posa el sol a ser costumbre.
de intentar que mi amor te contagiara,
de creerme elegido por la luz
para brillar en la estación de estío.
Mi arrogante postura en la mañana
no previno el declive de sus horas
y cuando me alcanzó la despedida
no estaba preparado para esa oscuridad,
intrusa en el instante
que aún sobrevivía en la retina
de honda claridad, de mediodía
clavado vertical sobre la infancia
y las sienes manchadas de descuido.
Perdóname. Mi mano se acercaba
para cubrir el rostro de la luna
y esa ceguera artificial me hacía
creer que en el presente estaba aún
el pasado, la línea colorada
donde se posa el sol a ser costumbre.