Diezmada su letal salud, sobre un manto de raso negro, descansa el cadáver mustio de la baronesa. Toda ella ataviada con un vestido de luto estrellado. Los visitantes de faz enmohecida se acercan a contemplarla, entre cirios de blanca cera y llama amarilla, con sus ojos grandes de besugo. Entonces, tañe la campana mortal de la torre de la Muerte las doce de la noche. En el velatorio comienzan a charlar y reír con sarcasmo. Pero de lo que no se dan cuenta es de que la que creían muerta se ha levantado del musgoso féretro. Y con un grito indescriptible de su boca de azahar obnubila de sacro terror a las gentes, las cuales sacan sus crueles cruces creyéndola poseída por el demonio. Pero de lo que no se dan cuenta es que a las afueras les espera el maldito espantajo del estupro y la lepra.