Un escalofrío me recorría todo el cuerpo
como si hubiese entrado en un estado febril
o como si uno ya hubiese aceptado el hecho
de haber nacido torcido igual al palo borracho
que crece en el pantano, en las orillas.
Es que no hay ninguna maldita omnibenevolencia y sí;
hace rato llevamos el hedor de la pestilencia encima.
Al final es lo que siempre nos viste.
Ya nuestra conciencia de larva es lo que se asemeja
al filo del cuchillo cortando la última soga
de los ahorcados en la noche.
No sabemos absolutamente nada.
Nacimos, deliramos y morimos sin siquiera saber.
Y recurrimos a la esperanza
cuando creemos que llevamos un hermoso traje de etiqueta
sin ver que es solo una simple y fría mortaja.
En esos momentos, la brisa del sudoeste
no fue más que la caricia huesuda de la muerte
y la culpa no fue más que una sonrisa careada
del último orgasmo que este viejo senil puede recordar.
Hubiera sido necesario hacer una fogata
y calentarme un poco las manos “que no dejaban de temblar
mientras encendían cigarrillos” esperando, ahí,
de frente a la tumba de mi padre.
—¿¡Esperar!? —Lo cierto es que uno siempre nace y muere esperando,
pero en nuestra ingenuidad no sabemos ni lo que esperamos—.
Cuando exhumaron el cadáver “restos de pelos, huesos roídos,
rastros de lo que fue una vez la anatomía de un cuerpo”
mitad en descomposición y mitad no,
lo más óptimo habría sido decir algunas palabras…
pero el silencio es nuestro podrido hábito que nos viste
y el discurso más convincente salió de adentro de la fosa,
de esa incubadora de gusanos y
su mar de fluidos gástricos.
Que irónica puede ser la muerte
mostrándonos en cada momento
lo inferiores que somos desde que nacemos.
Ella, la diosa eterna
que sin la necesidad de ser cruel
nos retracta a la perfección y nos aterroriza.
No miento para nada al decir que me reconocí al instante.
El mismo rostro, como si un fiel espejo me reflejaba
desde cuatro metros bajo la tierra.
***
Hoy camino por los pasillos de aquel viejo cementerio
a sabiendas que pronto descansaré en algunas de esas fosas vacías.
Lo cierto es que los calabozos se construyeron siempre
en mármoles, barrotes de acero, nichos de carne y huesos.
Y está bien así.
Nuestros descarriados aullidos, nuestros balbuceos salvajes
que nos dicta la consciencia por subsistir no es más
que una marisma “mezcla de caca y anfetaminas mentales”
que no somos capaces de expresar
mudos en libertad.
Ahora que lo pienso;
en los funerales siempre hay más muertos que el difunto
y a pesar
que los enrollamos en lienzos, los metemos en urnas y los enterramos
aún no sabemos cómo esconderlos.
10/6/22