La Corporación
Poeta veterano
Desde el Evaristo Corumelo,
(Notable obra creada a partir de una idea oroginal de elPrior.
A él le debo los premios que se acumulen dada mi falta actual de creatividad.
Armilo.)
No hice ningún daño
¡y era tan hermosa aquella virgen!
Busco la nada en el techo de mi celda
¡puta miseria!
escuchando el Réquiem de Victoria,
vino rojo de mi sepelio
¿quién vendrá a darme el último adiós?
Despidamos de este poeta hermanos,
un degenerado que enculó a mi suegra,
engañó a mi esposa y quiso arrogarse
los derechos de autor de mis poemas
palabras de mi compadre en el sepelio,
¡qué buena interpretación!
No hice daño alguno
¡y era tan hermosa aquella virgen!
En su piel blanca
estaban escritos los versos más procaces,
los túrbios márgenes de mis caminos,
los abyectos vicios que me impelen
a cometer tropelías difíciles de imaginar.
Pero mis huesos
¿por qué esperan un juicio impertinente?
Ella vino en la tarde
con aquel vestido tan corto,
con aquellas piernas ligeras como ríos celestes;
sobre todo, con unos pies perfectos
-me gusta chupar los dedos
como las cabezas del gambón,
a las hembras en celo, a las que todavía
no atisbaron la manera-.
No podía dejar de mirarla;
cuando nos dejaron solos
me tumbé sobre ella , suavemente,
para no hacerle daño;
no dijo nada,
sólo esbozó una sonrisa.
Tuvo que ser mi ayudante
quien me delatara
en sus celos de cabrón herido
(es tan feo que sólo por misericordia
entrará en el infierno).
¿Cómo se declara?
Inocente, señor juez, inocente
no soy un enfermo,
quise darle una despedida digna
sólo por oficio, sólo por compasión.
Llevaba ocho horas muerta
cuando ingresó en la morgue,
todavía su cuerpo estaba candente.
La belleza, siempre la belleza.
(Notable obra creada a partir de una idea oroginal de elPrior.
A él le debo los premios que se acumulen dada mi falta actual de creatividad.
Armilo.)
No hice ningún daño
¡y era tan hermosa aquella virgen!
Busco la nada en el techo de mi celda
¡puta miseria!
escuchando el Réquiem de Victoria,
vino rojo de mi sepelio
¿quién vendrá a darme el último adiós?
Despidamos de este poeta hermanos,
un degenerado que enculó a mi suegra,
engañó a mi esposa y quiso arrogarse
los derechos de autor de mis poemas
palabras de mi compadre en el sepelio,
¡qué buena interpretación!
No hice daño alguno
¡y era tan hermosa aquella virgen!
En su piel blanca
estaban escritos los versos más procaces,
los túrbios márgenes de mis caminos,
los abyectos vicios que me impelen
a cometer tropelías difíciles de imaginar.
Pero mis huesos
¿por qué esperan un juicio impertinente?
Ella vino en la tarde
con aquel vestido tan corto,
con aquellas piernas ligeras como ríos celestes;
sobre todo, con unos pies perfectos
-me gusta chupar los dedos
como las cabezas del gambón,
a las hembras en celo, a las que todavía
no atisbaron la manera-.
No podía dejar de mirarla;
cuando nos dejaron solos
me tumbé sobre ella , suavemente,
para no hacerle daño;
no dijo nada,
sólo esbozó una sonrisa.
Tuvo que ser mi ayudante
quien me delatara
en sus celos de cabrón herido
(es tan feo que sólo por misericordia
entrará en el infierno).
¿Cómo se declara?
Inocente, señor juez, inocente
no soy un enfermo,
quise darle una despedida digna
sólo por oficio, sólo por compasión.
Llevaba ocho horas muerta
cuando ingresó en la morgue,
todavía su cuerpo estaba candente.
La belleza, siempre la belleza.