La bruja de la cascada
de la Lágrima Negra,
camina lentamente,
con la artrosis
cubriendo sus huesos,
la cabeza envuelta
en una capa negra,
a juego con la tristeza
que su semblante refleja.
Sus ojos observan
el verde follaje,
las madreselvas,
los primeros síntomas
de la primavera
que despierta.
No le importan ya
los insultos,
ni las maledicencias,
que a su paso se extienden
cuando en la aldea entra.
Los niños ríen
y la señalan;
la llaman fea.
Pero ella ha aprendido
a no escuchar,
a ser sorda a las voces
que desean su mal.
¡Qué saben de ella!.
¡Cómo apuró
la copa de su vida!.
Cómo una vez
fue tan bonita
como el capullo
de una rosa
por el rocío bendecida.
Que entre sus brazos,
hoy débiles y sin fuerzas,
un verdadero amor habitó
que la hizo tan feliz
Como lo es
el más afortunado soñador.
Y ese cariño en ella enterró,
cuando las aguas del océano
arrastraron a su abismo,
a su leal pescador.
Pero ni las aguas,
ni la muerte lograron
su recuerdo borrar,
que la acompaña
desde la luz del alba,
en cualquier momento,
en cualquier lugar;
que la ilumina por dentro,
que apacigua su soledad,
la soledad que tarde o temprano,
a todos, con sigilo,
a la puerta llama,
y se queda para siempre
sentada junto a tu cama.
de la Lágrima Negra,
camina lentamente,
con la artrosis
cubriendo sus huesos,
la cabeza envuelta
en una capa negra,
a juego con la tristeza
que su semblante refleja.
Sus ojos observan
el verde follaje,
las madreselvas,
los primeros síntomas
de la primavera
que despierta.
No le importan ya
los insultos,
ni las maledicencias,
que a su paso se extienden
cuando en la aldea entra.
Los niños ríen
y la señalan;
la llaman fea.
Pero ella ha aprendido
a no escuchar,
a ser sorda a las voces
que desean su mal.
¡Qué saben de ella!.
¡Cómo apuró
la copa de su vida!.
Cómo una vez
fue tan bonita
como el capullo
de una rosa
por el rocío bendecida.
Que entre sus brazos,
hoy débiles y sin fuerzas,
un verdadero amor habitó
que la hizo tan feliz
Como lo es
el más afortunado soñador.
Y ese cariño en ella enterró,
cuando las aguas del océano
arrastraron a su abismo,
a su leal pescador.
Pero ni las aguas,
ni la muerte lograron
su recuerdo borrar,
que la acompaña
desde la luz del alba,
en cualquier momento,
en cualquier lugar;
que la ilumina por dentro,
que apacigua su soledad,
la soledad que tarde o temprano,
a todos, con sigilo,
a la puerta llama,
y se queda para siempre
sentada junto a tu cama.