Lautaro L.
Poeta asiduo al portal
Esa tarde había salido a pasear a mi perro, de pronto escuchamos el avión, esta vez era uno solo. Un gran escarabajo gigante flotando en el cielo, su vientre se abrió y ahí la vi. Pensé que era el emperador que mandaba suministros, no podía estar más errados. Esa tarde todo cambió y tanto mi sombra como la de mi perro quedaron impresas para siempre en una pared de Hiroshima. Lo que para Einstein fue una serendipia fue para mí la muerte.
Última edición: