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La canciÓn del amante solitario

Abraham Ferreira Khalil

Poeta recién llegado
¡Tantos destierros solitario vivo!...
¡Señor, cuántos destierros!

Bajo tus párpados leves, leves canciones ensaya
con sus dedos rumorosos el amanecer desnudo.
¿Quién despierta al presentir el estruendo de unos ojos
estrellando su mirada en tu timidez dormida?
Tú aún navegas por el sueño mientras el cielo murmura
una plegaria terrible alrededor del silencio
y tu espíritu perdido se tambalea descalzo
sobre la roca indecisa de nuestros presentimientos.

Ya otro atardecer se acerca. Su crepúsculo salvaje
desea diseminarnos, destruirnos con su hábito;
mas la pleamar es débil, débil como los latidos
que habitan en las montañas vírgenes para los hombres.
Y otro atardecer vendrá. Querrá repartir el odio,
la sombra de la distancia y las llagas penitentes.
¿Quién desespera al oír las túnicas desgarradas
de otros besos taciturnos acariciando su espalda?

¡Tantos destierros solitario vivo!...
¡Señor, cuántos destierros!

Y, en realidad, contaremos de nuevo esta misma historia,
este éxodo de amantes indómitos, condenados
a derramar una niebla en los labios prometidos;
¿se convertirá la ausencia en su extraño paraíso?
El crepúsculo y el alba se derrumbarán sobre ellos
porque el día desconoce la amable misericordia.
Rebelarse contra el tiempo es una fatiga inútil,
obedecer a la muerte es una nave sin rumbo.

Y, en realidad, lucharemos en un frente abandonado
donde las lágrimas dejan masacres sentimentales
y el vértigo adolescente galopa sin ligaduras;
donde la gris soledad se hace un hueco entre los muertos.
Dios, ¿qué tierra prometida guardas para los amantes?
Esta noche los abrazos se intercambian con tristeza
y el viento se desparrama por este nido vacío...
¿No corresponden mis sueños al cuadro de tus caricias?

¡Tantos destierros solitario vivo!...
¡Señor, cuántos destierros!


He ahogado mis pensamientos en la herida que la aurora
excava con finos dedos en la nieve del paisaje.
Tú aún navegas por el sueño mientras los cipreses lloran
por esas hojas malditas que hoy ha pintado el recuerdo.
Dios, ¿qué tierra prometida te guardas para nosotros?
Esta mañana mis frases se entremezclan con delirios
que la estatua del amor acoge bajo su sombra.
Tu alma se extiende en la nieve y no puede destruirnos.

Ya otro atardecer se acerca y aún sigo sin entender
por qué los hombres descubren en un obsequio secreto,
en un gesto equivocado o en un testimonio oculto
estrellas sobre tu piel, juegos y lluvias románticas.
Y, en realidad, contaremos de nuevo esta misma historia
cuando caminen del brazo inviernos con primaveras.
Dios, ¿qué paraíso extraño guardas para los amantes?
Esta noche las miradas se entrecruzarán con pena.




© Abraham Ferreira Khalil
 
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