Orfelunio
Poeta veterano en el portal
La candelaria
Ya pasa el santísimo
entre campanillas doradas,
le sigue un obispo,
el alcalde del pueblo,
el marqués y sus cortesanas.
Para un momento finísimo,
tan fino que es filigrana,
calvarios nos fueron dulcísimos,
clavarios no había sin dama.
El suelo olía a incienso,
los cirios encendieron su llama,
y un viento que vino sorpresa
atiza la ráfaga brama,
prendiendo lo que se profesa,
un cristo que a todos inflama.
Bomberos no había en la fiesta,
creyendo que dios era rama
de un árbol que nunca se quema,
y el árbol también se quemaba.
Salvaron la cruz por los pelos,
los cargos del pueblo contaban;
que amores fueron los rezos,
y agua para los que rezaban,
no hubo siquiera dos metros,
kilómetros para el que mandaba.
Lo cuenta el alcalde del pueblo,
el obispo y marqués con sus cortesanas;
que murieron de amor al santísimo
por salvar a los altos espadas,
esos fieles a su catecismo
que ahora están en su alegre morada.
No saben que hubo un menudo
que salvo el culo en la trama,
el acólito esquivo que pudo
apartar esa cruz de la estampa,
y correr la testuz con el puño
que quedó atrapado en la trampa.
Es el manco satánico cubo
que las horas nos da en la campana,
donde asisten los fieles difuntos
a la fiesta de la candelaria.
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