Cuentista
Silencio, un cuento.
LA CASA DE LAS VIDAS
Dícese cual esta historia
que eran viudas las habidas, en la casa de las vidas.
Todas ellas eran bellas fueran rubias o morenas
y al unirse tales damas con la anuencia de las llamas
se entonaban monstruosas ¡todavía más hermosas!
Sin la falta de presencia del curvado plenilunio.
Carecían de infortunio, yazga dicho
cual efecto del adonis en efímero capricho
con premiosa lentitud manejaban a la muerte
arrimando dulcemente dos carnosos labios rojos,
y la arena de las tumbas... ¡Despertaba!
Despertaban los difuntos, tremendísimos amantes
retornaban de la muerte, y el amor.
Era entonces, rojos sus labios, negros los ojos
bálsamo de voces con romántica saliva,
adueñados en los roces sepulcrales, lloraban
esparciendo frías lágrimas en duelo,
despaciosos se besaban levitando polvareda
y las lágrimas volaban, junto al polvo en tolvanera.
Arrastrados por terrible amor creciente
compartían un latido de silente trepidar
entre inmensa oscuridad cuyas lápidas vacías,
nocturnales los besos, se palpaban
reflejados en el mármol de las tumbas
destellando en estas luces que se amaban
y al hacerlo, provocaban los dominios de la muerte
que celosa, no tenía la promesa del amor.
“Alejarnos pueden las tinieblas más gigantes
alejarnos quieren, al amarnos
pues no entienden estas míseras señoras
el gemido de un querido corazón
y al caer seca una hoja, nunca muere su alma roja
olvidarnos prueban frías míseras tinieblas
al ardernos cuan indígenas cenizas
indoctas, de que hay amor... Aún más fuerte tras la muerte”.
"Cuentista 2015"
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