LA CASA BLANCA:
Mi alma... es una casa blanca y clara.
Entra una luz dañina, me deslumbra,
y esa luz ilumina la penumbra
y torna toda sombra más oscura.
Y es que están oxidados los postigos.
Los de esa casa tan clara y tan blanca,
esa casa tan blanca de la cuenca
en ese río de mi llanto amargo.
No puedo abrir de mi alma la ventana:
de la luz sólo siento el fogonazo,
el dolor. En la penumbra, agonizo.
No. No entra, pues, la luz en mi casa.
No puedo, no debo entreabrir la puerta.
Mis penas son un lamento eterno
que retumba, oscuro y sempiterno
en el rincón más oscuro de la cueva.
Mi alma... es una casa blanca y clara.
Entra una luz dañina, me deslumbra,
y esa luz ilumina la penumbra
y torna toda sombra más oscura.
Y es que están oxidados los postigos.
Los de esa casa tan clara y tan blanca,
esa casa tan blanca de la cuenca
en ese río de mi llanto amargo.
No puedo abrir de mi alma la ventana:
de la luz sólo siento el fogonazo,
el dolor. En la penumbra, agonizo.
No. No entra, pues, la luz en mi casa.
No puedo, no debo entreabrir la puerta.
Mis penas son un lamento eterno
que retumba, oscuro y sempiterno
en el rincón más oscuro de la cueva.