Los dedos frenéticos de la rubia niña deshacen la frágil rosa, que se evapora en humo de incienso hacia las alturas impolutas de un cielo raso y claro. Entonces se dibuja en su rostro una sonrisa forzada por no haber podido oler a tiempo la fragancia primigenia de tal bella flor, cuyo tallo de espinas hace sangre en la mano zurda de la chica. Comienza a rezar hacia las profundidades de la tierra, con el fin supersticioso de que nazca un geranio o un jazmín. Pero ya es tarde. El dios que mora en el infinito ya la ha juzgado. Vagará con los turbios ojos de marchitas pupilas hacia el océano de las penas y congojas. Donde allí se zambullirá sola ella, desnuda con su piel tersa de tafetán. Y el ritmo acuoso de las salvajes olas le arrebatará la vida, por haber transgredido las leyes santas que se encuentran sobre el vino espirituoso de los vegetales. Prestos para vengarse de esas manos tan inocentes pero crueles,envueltas en guantes de aguardiente.
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