La ciudad se ve de lejos

Syd Carlyle

Poeta recién llegado
Sentado, veo de lejos la ciudad,
y siento perder el tiempo...
Veo, distantemente, los coches,
ignorándose los unos a los otros,
dirigiéndose hacia quién sabe qué destino,
transportando mecánicamente a quién sabe quien,
y un adormecimiento sutil que nace de su movimiento,
se me apodera, y trae la monotonía de lo que se repite.
Trae la conciencia de que todo es siempre reiteración:
integración y desintegración, caos y orden, vida y muerte,
de que todo no es todo, sino nada, y lo mismo.
Es el fluir de los coches, brillante y atenuado,
lo que sosiega el ser con el cansancio de las rutinas,
con la insignificancia de todas las particularidades,
con el agotamiento anticipado de cualquier acción.
Es el saber que todo acaba lo que hace no hacer nada.
Veo la ciudad, el oscurecer de las calles,
y siento como los coches se me van.
La estela roja de los faros se mueve recta en la distancia,
haciéndole una idea a uno de lo que es el tiempo, de lo que es la vida…
¡Ah, estelas fugaces de ciudad! ¡Personas, almas, cosas!
¡Coches de mí! ¡Luces que os perdéis dentro mío!
Pasáis, y me hacéis pensar en todo esto…
Pasáis, y me hacéis sentir vuestra presencia,
vosotros, con el negro y hondo misterio al fondo de los ojos,
vosotros, con el espíritu visible por delante del cuerpo tangible,
vosotros, siempre conocidos y desconocidos, cada uno símbolo del todo…
Pasáis y hacéis vibrar toda mi alma...
¡Si al menos no tuviera esta conciencia!
Si se me dejara ser un perro cansado y sin deberes…
O ser piedra quieta, muda en la orilla del río…
O trapo blanco y sucio secándose al sol…
O trozo de cualquier musgo...
¡O yo!… ¡Solamente yo!
¡Yo, sin el conocimiento de mí y del todo!
¡Sin la posible comprensión de lo que es la vida!
¡Si se me dejara…!
 
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