victorialozano
Poeta recién llegado
En la arena donde el mundo calla,
y el destino contempla en silencio,
surge el hombre que al miedo avasalla
con el fuego inmortal de su esfuerzo.
No combate tan solo por gloria,
ni persigue laureles vacíos;
va escribiendo en sudor su victoria
sobre abismos, tormentas y fríos.
Tiembla el alba al mirar su firmeza,
pues sus pasos resuenan constantes;
lleva el alma vestida de grandeza
y los sueños le sirven de estandartes.
Cada herida se vuelve enseñanza,
cada caída lo impulsa a elevarse;
porque sabe quien lucha y no cansa
que el valor nace al sacrificarse.
Y aunque el mundo proclame otros nombres
con coronas de brillo aparente,
solo aquellos que vencen sus sombras
son los reyes eternos del presente.
Oh, competición divina y humana,
duelo antiguo de honor y destino,
donde el débil se quiebra y desgrana
y el valiente se vuelve camino.
Pues vencer no es llegar antes que otros,
ni aplastar con soberbia al caído;
es mirarse después de los destrozos
y decir: “Aun herido, he vivido.”
Así canta la historia en los vientos,
así gritan los siglos lejanos:
que los grandes no nacen perfectos…
se forjan enfrentando lo inhumano.
y el destino contempla en silencio,
surge el hombre que al miedo avasalla
con el fuego inmortal de su esfuerzo.
No combate tan solo por gloria,
ni persigue laureles vacíos;
va escribiendo en sudor su victoria
sobre abismos, tormentas y fríos.
Tiembla el alba al mirar su firmeza,
pues sus pasos resuenan constantes;
lleva el alma vestida de grandeza
y los sueños le sirven de estandartes.
Cada herida se vuelve enseñanza,
cada caída lo impulsa a elevarse;
porque sabe quien lucha y no cansa
que el valor nace al sacrificarse.
Y aunque el mundo proclame otros nombres
con coronas de brillo aparente,
solo aquellos que vencen sus sombras
son los reyes eternos del presente.
Oh, competición divina y humana,
duelo antiguo de honor y destino,
donde el débil se quiebra y desgrana
y el valiente se vuelve camino.
Pues vencer no es llegar antes que otros,
ni aplastar con soberbia al caído;
es mirarse después de los destrozos
y decir: “Aun herido, he vivido.”
Así canta la historia en los vientos,
así gritan los siglos lejanos:
que los grandes no nacen perfectos…
se forjan enfrentando lo inhumano.