El astuto y pendenciero astro lunar, con su coagulada tajada de sangre, en plenitud de oboes que claman al cielo nocturno de la misoginia, se va desengranando en un fino polvo. Los demás planetas no morirán. Se columpian en la fuerza ingrávida del macrocosmos. Y Dios, en bata y zapatillas, ronca como un lirón. Mientras la llamarada turquesa del sol alcanza los pies descalzos de la madre tierra. ¡Oh! Cuánto tienen que aprender los pitufos de la aldea serrana. Están atareados para que no les alcance la obscuridad bestial de una seria crisis existencial. El padre y sacerdote de esos risueños seres hace tiempo que tiene cosida la boca. Sólo cargan carbón ardiente en tinajas a rebosar de lamentos. Esos diminutos monigotes de un áspero cuento infantil. Y, para dar el broche final, un paupérrimo tiempo se echa encima de un amanecer que, el muy goloso, se merienda las últimas migajas de la a sexualidad condenada.