La cruz sobre el collado.

Ángelo Gamo

Poeta recién llegado
Como nubes que atraviesan el mar
para caer en un tiempo concreto,
las estaciones pasan mudas
y hallan el duelo en un aguacero.

Cuando la lluvia brota y cae
sobre el campo verde de pensamientos,
el cuerpo, un día confinado bajo tierra,
inunda las cosechas peor que el Mataquito.

Así son las tierras de mi padre, Curepto:
orilla de campos donde azotan los vientos
de mareas coladas entre los cerros;
lugar donde quiero ser enterrado por el barro
y la vergüenza.

Para las personas de campo es tradición
marchar desde la capilla hasta la tumba,
arrojar pétalos ahogados al que despiden,
aunque ruegue la lluvia que se detengan.

Frente a una tumba embarrada, rodeada
de gente de negro y cruces blancas,
yo, con la muerte latiendo en mis manos,
no estoy listo para yacer bajo tierra.

Puedo cargar las penas de este ritual,
velar tres noches este inflado cuerpo
y ocultar mi culpa a los dolientes sin color,
por sostener mi aliento ante esta pena roja.

Mientras pienso qué decirles,
testigos mudos de mi lamento,
arrugo esa hoja de juventud turbada
que huyó y renunció al blanco pecado.

Desconozco qué palabras
dejar plasmadas en mi obituario;
solo sé que la lluvia flagela las puertas
y la sombra de nubes vuelven a anegar.

Quiero grabar mi sangre sobre hojas blancas
la confesión de mi terrible pecado,
ese que no ha sido perdonado por Dios
menos por mí mismo…

… he de perdonarte, amigo poeta.

Como quien corona de espinas portaba,
has cargado tu cruz demasiado tiempo;
deja caer la carga en la tierra húmeda,
descubre cómo silba la vida misma.

Sobre el collado de este viejo pueblo
se alza una cruz blanca,
lápida de un cuerpo en verano,
fruto del perdón y lluvias anegantes.

Espero la noche muestre sus dientes
y atente contra mi vida;
yo, sonriente,
apuntaré la cruz donde reposaré
… esperando la primavera.
 
Última edición:
Como nubes que atraviesan el mar
para caer en un tiempo concreto,
las estaciones pasan mudas
y hallan el duelo en un aguacero.

Cuando la lluvia brota y cae
sobre el campo verde de pensamientos,
el cuerpo, un día confinado bajo tierra,
inunda las cosechas peor que el Mataquito.

Así son las tierras de mi padre, Curepto:
orilla de campos donde azotan los vientos
de mareas coladas entre los cerros;
lugar donde quiero ser enterrado por el barro
y la vergüenza.

Para las personas de campo es tradición
marchar desde la capilla hasta la tumba,
arrojar pétalos ahogados al que despiden,
aunque ruegue la lluvia que se detengan.

Frente a una tumba embarrada, rodeada
de gente de negro y cruces blancas,
yo, con la muerte latiendo en mis manos,
no estoy listo para yacer bajo tierra.

Puedo cargar las penas de este ritual,
velar tres noches este inflado cuerpo
y ocultar mi culpa a los dolientes sin color,
por sostener mi aliento ante esta pena roja.

Mientras pienso qué decirles,
testigos mudos de mi lamento,
arrugo esa hoja de juventud turbada
que huyó y renunció al blanco pecado.

Desconozco qué palabras
dejar plasmadas en mi obituario;
solo sé que la lluvia flagela las puertas
y la sombra de nubes vuelven a anegar.

Quiero grabar mi sangre sobre hojas blancas
la confesión de mi terrible pecado,
ese que no ha sido perdonado por Dios
menos por mí mismo…

… he de perdonarte, amigo poeta.

Como quien corona de espinas portaba,
has cargado tu cruz demasiado tiempo;
deja caer la carga en la tierra húmeda,
descubre cómo silba la vida misma.

Sobre el collado de este viejo pueblo
se alza una cruz blanca,
lápida de un cuerpo en verano,
fruto del perdón y lluvias anegantes.

Espero la noche muestre sus dientes
y atente contra mi vida;
yo, sonriente,
apuntaré la cruz donde reposaré
… esperando la primavera.
Un lugar donde reposará, aguardando la llegada de la primavera.

Saludos
 

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