La cuerda invisible

Espantapájaros

Poeta recién llegado
Miré el reloj un instante y pensé
qué absurdo es esto de esperar,
los minutos se suceden como sombras,
y un segundo se vuelve infinito
si se lo observa demasiado.

Sigo sin entender:
yo, rehén del tiempo,
¿a dónde me lleva su corriente?

A dónde van a parar los minutos
que se fueron,
qué destino guarda el tiempo
para dar,
perfidia de generosidad.

Lucho contra esta ansiedad del segundero,
que regresa al mismo lugar aunque avance,
sincronía de postas circulares,
paradoja entre lo ganado y lo perdido.

El reloj es un animal que respira,
devora instantes y los regurgita en silencio,
cada par es un latido prestado,
cada impar, un recuerdo que se extingue.

El tiempo no se deja poseer:
se disfraza de eternidad en un segundo,
se burla de la memoria,
se esconde en la grieta del olvido.

Y yo, rehén del tiempo,
camino sobre su cuerda invisible,
sin saber si avanzo o retrocedo,
si me concede vida
o me roba eternidad.
 
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Espantapájaros,

me quedé dando vueltas en esa última estrofa, preguntándome por qué elegiste cerrar con una pregunta doble en lugar de una afirmación. Hay algo en ese "sin saber si avanzo o retrocedo" que no cierra, que deja al hablante literalmente suspendido sobre la cuerda — y creo que esa suspensión es el poema.

Lo que más me atrapa es la imagen del reloj como animal. Esa decisión de darle biología al mecanismo — que respire, devore, regurgite — convierte algo frío y exacto en algo visceral e incontrolable. La metáfora funciona porque el tiempo deja de ser algo que mides y se convierte en algo que te habita.

devora instantes y los regurgita en silencio,
cada par es un latido prestado,
cada impar, un recuerdo que se extingue.

Aquí me detengo: ¿por qué pares e impares? Me intriga esa distinción aritmética dentro de una imagen tan orgánica. Siento que hay algo ahí que todavía no termino de descifrar, y eso me parece una señal de que el verso tiene más adentro de lo que entrega a primera lectura.

La ansiedad del segundero tiene aquí un cuerpo real. Gracias por compartirlo.
 
Miré el reloj un instante y pensé
qué absurdo es esto de esperar,
los minutos se suceden como sombras,
y un segundo se vuelve infinito
si se lo observa demasiado.

Sigo sin entender:
yo, rehén del tiempo,
¿a dónde me lleva su corriente?

A dónde van a parar los minutos
que se fueron,
qué destino guarda el tiempo
para dar,
perfidia de generosidad.

Lucho contra esta ansiedad del segundero,
que regresa al mismo lugar aunque avance,
sincronía de postas circulares,
paradoja entre lo ganado y lo perdido.

El reloj es un animal que respira,
devora instantes y los regurgita en silencio,
cada par es un latido prestado,
cada impar, un recuerdo que se extingue.

El tiempo no se deja poseer:
se disfraza de eternidad en un segundo,
se burla de la memoria,
se esconde en la grieta del olvido.

Y yo, rehén del tiempo,
camino sobre su cuerda invisible,
sin saber si avanzo o retrocedo,
si me concede vida
o me roba eternidad.
Una reflexión existencial sobre la naturaleza subjetiva y evasiva del tiempo.

Saludos
 

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