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la cura

miara

Poeta asiduo al portal
En un tiempo muy lejano,
incluso para recordar,
un comerciante, rico y viejo,
se decidió casar.

La dueña de sus afectos,
aquélla que hacía
a su gastado corazón
con denuedo palpitar,
era una joven,
demasiado joven,
para poder, con agrado,
aceptar su petición de mano
y no arrepentirse ante el altar.

Pero ésta era resuelta;
cansada de sufrir privaciones,
de anhelar futuros imposibles,
de sostenerse con una menguada renta,
decidió bailar con el diablo
y aceptar lo que llevaba el contrato.

Se casó con el adinerado anciano
y en la boda se sintió,
más bella y envidiada
de lo que nunca en su vida,
en sus más locos sueños, imaginó.

Fue feliz por un tiempo.
Disfrutó de todo aquello
de lo que su condición la alejó.
Pero pasados unos meses,
acostumbrada ya al lujo,
el tedio la visitó.

Su marido la aburría
y en la cama la cansaba.
Tenía que encontrar esa chispa,
esa mercancía, esa alegría,
que sabía que en algunos sitios
en la oscuridad, se lograba.

A su esposo, un día de Mayo, rechazó;
le dijo que se encontraba enferma,
presa de una intensa melancolía.
No sabía que tenía, pero nada le apetecía.
Que la perdonase, pero creía
que con su creador se reuniría.

Preocupado su marido,
que la amaba sin medida,
consultó con los médicos
más famosos de la profesión.
pero aunque éstos la recetaban
lo que creían conveniente,
nada su mal reparaba.

Una mañana, un nuevo remedio,
su marido fue a buscar;
le hablaron de un joven boticario
recientemente llegado a la ciudad.
Su talento era evidente
y se ofreció en acompañarle
para ver que síntomas tenía la paciente
y así, de esta forma, poderle ayudar.

Nada más ver a la esposa,
el joven se dio cuenta de lo evidente.
Ella le miró de forma tan elocuente
que supo como curar su enfermedad,
aunque se tendría que esforzar.

Todos los días, después de salir el marido,
el tratamiento pactado, llevaba a cabo.
El viejo creía que a su doliente mujer
el boticario le aplicaba algún nuevo mejunje
recién descubierto en la capital.

Pero lo que a ésta animaba
eran cosas que ya en la prehistoria utilizaban.
Entre las sábanas, los besos eran jarabe.
La pasión era bálsamo sanador
para un cuerpo que hasta entonces
las mieles del éxtasis no saboreó.
Con esta receta, la dama se recuperó,
y su agradecido marido, con generosidad,
al espabilado joven, recompensó.
 

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