La Dama del Portal
Ella se sentaba presumida y coqueta
en aquel viejo portal, en su sillón preferido,
cuando el sol se escapaba de los rincones del barrio
y la brisa vespertina colmaba los sentidos.
Su rostro era una imagen sacada de leyendas,
enmarcada por un cabello negro como el destino.
Su mirada era tierna cuando él se acercaba,
hasta el viejo portal, enamorado y tímido.
Eran dos adolescentes desafiando el futuro,
rompiendo impedimentos de los celosos padres;
ella lo esperaba meciéndose impaciente
y él jamás olvidaba la cita cada tarde.
Y dejaron atrás candor y adolescencia
y su amor se fue haciendo profundo y permanente,
y en el viejo portal se sentaban muy juntos
provocando la envidia y admiración de la gente.
Y hubo un tiempo de traiciones sobre la isla de Cuba,
y aquella tierra mágica, ingenua y desprevenida
se llenó de dolor, represión y tortura,
y comprendieron que su amor merecía otra salida.
Sentados en el portal se cruzaron las promesas
en una tarde fría de esperanzas fenecidas:
--Yo, remontaré las aguas para encontrar un futuro.
--Y yo, te estaré esperando, amándote toda mi vida.
Y él se fabricó una balsa con retazos de ilusiones,
negras cámaras de llantas y maderas carcomidas
y fue a navegar la noche con los inquietos delfines,
las tomentas y la bruma, y la mar embravecida.
Y Neptuno abrió sus brazos, poderoso, enardecido,
reclamando los despojos de aquel naufragio fatal:
los recuerdos de un amor, de un sillón y de un portal,
se hundieron con sus ilusiones en lo profundo del mar.
Y ella se quedó esperando por horas, días y años,
sentándose en el portal en su sillón, deprimida,
con el cabello ya largo y encorvada su figura
esperando cada tarde al gran amor de su vida.
Y cuando la brisa nocturna va calmando los sentidos
y el sol se está escapando de los rincones del barrio
dicen que una sonrisa se esboza tierna en sus labios
cuando el sillón que era de él
se está meciendo
a su lado.
Del libro Las Huellas del Tiempo
Ella se sentaba presumida y coqueta
en aquel viejo portal, en su sillón preferido,
cuando el sol se escapaba de los rincones del barrio
y la brisa vespertina colmaba los sentidos.
Su rostro era una imagen sacada de leyendas,
enmarcada por un cabello negro como el destino.
Su mirada era tierna cuando él se acercaba,
hasta el viejo portal, enamorado y tímido.
Eran dos adolescentes desafiando el futuro,
rompiendo impedimentos de los celosos padres;
ella lo esperaba meciéndose impaciente
y él jamás olvidaba la cita cada tarde.
Y dejaron atrás candor y adolescencia
y su amor se fue haciendo profundo y permanente,
y en el viejo portal se sentaban muy juntos
provocando la envidia y admiración de la gente.
Y hubo un tiempo de traiciones sobre la isla de Cuba,
y aquella tierra mágica, ingenua y desprevenida
se llenó de dolor, represión y tortura,
y comprendieron que su amor merecía otra salida.
Sentados en el portal se cruzaron las promesas
en una tarde fría de esperanzas fenecidas:
--Yo, remontaré las aguas para encontrar un futuro.
--Y yo, te estaré esperando, amándote toda mi vida.
Y él se fabricó una balsa con retazos de ilusiones,
negras cámaras de llantas y maderas carcomidas
y fue a navegar la noche con los inquietos delfines,
las tomentas y la bruma, y la mar embravecida.
Y Neptuno abrió sus brazos, poderoso, enardecido,
reclamando los despojos de aquel naufragio fatal:
los recuerdos de un amor, de un sillón y de un portal,
se hundieron con sus ilusiones en lo profundo del mar.
Y ella se quedó esperando por horas, días y años,
sentándose en el portal en su sillón, deprimida,
con el cabello ya largo y encorvada su figura
esperando cada tarde al gran amor de su vida.
Y cuando la brisa nocturna va calmando los sentidos
y el sol se está escapando de los rincones del barrio
dicen que una sonrisa se esboza tierna en sus labios
cuando el sillón que era de él
se está meciendo
a su lado.
Del libro Las Huellas del Tiempo