Dark_Fairy
Poeta que considera el portal su segunda casa
Y quedo loca después
de los santos, porque
lloró tanta cera que las
velas se apagaron.
Pagaron los demonios
el precio de una ambición
allá va, la del vestido blanco
en cada iglesia diferente
en cada morgue por igual
y pena y ríe y llora a ríos
de lápidas y sonoros aullidos.
Yo le vi la cabeza reventada
cuando llevaba una camisa
a rayas, cuando llevaba colgando
un rosario de madera, cuando
un ojo le salió por la lengua.
La del vestido blanco
platica del encanto del
mar que vive entre
olores a sal y a fatiga.
Epitelios olfativos que
vagan por moléculas
y se pierden en manos
que fueron quemadas en
la noche de brujas... Donde
las burbujas rojizas salían
de la grava.
La del vestido blanco se
esconde entre gamas
de mil tormentas y
truenos, ella espera
que descienda el solaceo
del abismal sacramento.
(Yo le vi el crucifijo,
ese del otro rey, que
no es el de siempre).
Las campanas del templo
perdidas de lujuria y pedofilia
rompen pues, entre neblinas
del verano, allá donde el cielo
de repente se hizo turbio
se hizo de agua
se hizo de un llano.
La del vestido blanco
que cada vez es más
fatalista, se embarra
y embadurna de dulces
líquidos perennes, que
nunca se acaban por
que nunca han dejado
de temblarle las sienes.
Allá donde el cielo se
hizo un eclipse
allá donde se quedo ciego
allá donde se hizo de ceniza
allá donde no se quedó fuerte.
A veces tenemos que
hablar con los monstruos
pedirles perdón, dejarlos
llorar... Al vaivén de los
pasillos vacíos, de los
dedos sin naufragar.
La del vestido blanco
dejó plagiado un sobre,
allá donde el cielo se
tornó erecto de semen de
pájaros, allá donde se quedó
expuesto, allá mismo, se pasea
ella... Por donde el cielo se
escapó yuxtapuesto.
de los santos, porque
lloró tanta cera que las
velas se apagaron.
Pagaron los demonios
el precio de una ambición
allá va, la del vestido blanco
en cada iglesia diferente
en cada morgue por igual
y pena y ríe y llora a ríos
de lápidas y sonoros aullidos.
Yo le vi la cabeza reventada
cuando llevaba una camisa
a rayas, cuando llevaba colgando
un rosario de madera, cuando
un ojo le salió por la lengua.
La del vestido blanco
platica del encanto del
mar que vive entre
olores a sal y a fatiga.
Epitelios olfativos que
vagan por moléculas
y se pierden en manos
que fueron quemadas en
la noche de brujas... Donde
las burbujas rojizas salían
de la grava.
La del vestido blanco se
esconde entre gamas
de mil tormentas y
truenos, ella espera
que descienda el solaceo
del abismal sacramento.
(Yo le vi el crucifijo,
ese del otro rey, que
no es el de siempre).
Las campanas del templo
perdidas de lujuria y pedofilia
rompen pues, entre neblinas
del verano, allá donde el cielo
de repente se hizo turbio
se hizo de agua
se hizo de un llano.
La del vestido blanco
que cada vez es más
fatalista, se embarra
y embadurna de dulces
líquidos perennes, que
nunca se acaban por
que nunca han dejado
de temblarle las sienes.
Allá donde el cielo se
hizo un eclipse
allá donde se quedo ciego
allá donde se hizo de ceniza
allá donde no se quedó fuerte.
A veces tenemos que
hablar con los monstruos
pedirles perdón, dejarlos
llorar... Al vaivén de los
pasillos vacíos, de los
dedos sin naufragar.
La del vestido blanco
dejó plagiado un sobre,
allá donde el cielo se
tornó erecto de semen de
pájaros, allá donde se quedó
expuesto, allá mismo, se pasea
ella... Por donde el cielo se
escapó yuxtapuesto.
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